Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

El tiempo de Adviento, abierto el domingo anterior, remite al pasado, al presente y al futuro. Puede venirnos bien dirigir la vista, en estos tres domingos, a cada uno de estos momentos, de la mano de la liturgia.

En el Adviento, tiempo en que preparamos la Venida del Señor, aparecen unos interlocutores privilegiados. Son personas que atraviesan la historia y llegan al día de hoy. Lo que ellas vivieron entonces sigue valiendo para nuestras vivencias actuales. Esos personajes nos ayudan a entender algunas dimensiones de la espera. Con ellos compartimos certezas y dudas, riesgos y opciones. Por eso, vivir el Adviento también es repetir la experiencia de ellos: evocar sus miedos, su coraje, las decisiones que tomaron y las lecciones que aprendieron. Así aprendemos nosotros con ellos.

Adviento es el tiempo en que Isabel y Zacarías ya entrados en años aprendieron a reconocer el poder de Dios, que puede hacer cosas admirables, más allá de argumentos, normas, costumbres y expectativas razonables; por el camino el hombre maduro perdió la voz y, cuando la recuperó, hablaba ya con palabras nuevas, fiado de otra Palabra. Es el tiempo en que una chica de pueblo, probablemente con poca formación y mucha sensibilidad, intuyó que se le pedía algo muy exigente y, frente a recelos y seguridades, se atrevió a decir: «Hágase». No era una decisión fácil. Le cambió la vida. Pero no se regodeó en su propia audacia, sino que la convirtió en servir y en cantar la lógica diferente de un Dios que a los hambrientos colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Es el tiempo en que un hombre justo tuvo que elegir entre fiarse de un sueño o confiar sólo en sí mismo. Se fió del sueño y así su confianza se volvió esperanza y su esperanza se hizo salvación. Los pastores de entonces y los de ahora cuidan los rebaños a la intemperie, excluidos de las ciudades, cuando las noches son frías, silenciosas, escenario mudo de frustraciones por lo poco en que se han convertido sus vidas; no saben que, una noche de estas, algo cambiará. Es el tiempo en que un joven se echó al monte, o al desierto, para denunciar la incoherencia que le rodeaba y clamar por la llegada de Alguien que traería una nueva y buena noticia En Adviento, algunos, encerrados en sus palacios y sinagogas, no se enteraron de nada y, cuando se enteraron, no lo entendieron, mientras otros, a la puerta del templo, esperaban a que se cumpliese lo que un día habían creído. Ahí están sus caminos que, de otro modo, son también los nuestros.

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Si Cristo viene, y viene con fuerza, su venida nos compromete. No esperamos la fecha exacta del fin del mundo. El mismo Pedro nos disuade de ir con esos cálculos. Lo importante no es saber cuándo volverá Cristo en su gloria, sino de salir a su encuentro y de cumplir el programa que Él nos trazó y que todavía está lejos de haberse cumplido.