Cosas de aquí y de allá | Un 2014 clave

Testigo de la historia

El Congreso de los Diputados pugna con la Puerta del Sol como el lugar que mayor acumulación de eventos fundamentales ha acogido.

El Congreso protagonizó en 2014 el adiós a Suárez y el relevo de rey.

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Enrique de la Rubia | MADRID
León

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Pocos lugares como el Congreso de los Diputados —si acaso la Puerta del Sol— pueden enorgullecerse de estar casi siempre en el centro de la Historia de España, de ser el escenario de los grandes hitos sociales y políticos de los últimos tres siglos. Y el año 2014 tampoco ha roto esa norma no escrita. En un sólo año, el Congreso ha vivido dos acontecimientos poco comunes: la proclamación de un nuevo rey en la figura de Felipe VI, y el funeral de Estado de Adolfo Suárez, el presidente que alumbró la actual democracia.

No es de extrañar que el presidente de la Cámara Baja, Jesús Posada, se haya felicitado en público y en privado de haber tenido el honor de presidir la institución en esos dos momentos históricos, que se han vivido con plena normalidad democrática y sin grandes contratiempos, pese a la complejidad de la organización.

La muerte de Adolfo Suárez el pasado 23 de marzo convirtió el Congreso en el epicentro del duelo nacional, en lugar de peregrinación de miles de ciudadanos que quisieron rendir un último tributo al arquitecto de la Transición junto al rey Juan Carlos. El adiós al primer presidente del Gobierno de la democracia reunió a la práctica totalidad del arco político, en una unanimidad prácticamente insólita para los usos y costumbres parlamentarios.

Tampoco faltó a la capilla ardiente el rey Juan Carlos, su gran aliado y apoyo en el camino hacia la democracia, que acompañó a los familiares en la despedida de Adolfo Suárez. Pocos podían pensar aquellos días de marzo que apenas unos meses después, el 2 de junio, Juan Carlos I se haría a un lado y abdicaría la Corona en favor de su hijo el príncipe Felipe.

El Congreso, que ya fue escenario de su proclamación como rey de España tras la muerte de Franco en noviembre de 1975, volvería a ser 39 años después testigo del relevo generacional en la monarquía española.

La renuncia de Juan Carlos I obligó a las Cortes Generales a aprobar en tiempo récord una ley orgánica de abdicación que diera sustento legal a la sucesión en la Corona. PP y PSOE unieron sus votos y otorgaron una amplísima mayoría a la ley, que fue aprobada definitivamente en el Senado el 17 de junio, con el único rechazo de los partidos abiertamente republicanos, y la abstención de los nacionalistas moderados.

Al día siguiente, 18 de junio, la norma fue sancionada por el todavía rey Juan Carlos en una ceremonia en el Palacio Real en presencia del futuro rey Felipe VI y su esposa, la reina Letizia, y las infantas Leonor y Sofía, además de altas instituciones del Estado.

El Congreso había iniciado los preparativos para la proclamación de Felipe VI semanas antes y, para que nada quedara al azar se celebraron reuniones prácticamente diarias de los servicios de protocolo de la propia Cámara Baja, el Gobierno y la Casa del Rey.

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Sobre la tarima se situaron sobre un almohadón el cetro y la corona, símbolos de la monarquía española y que se llevan utilizando desde la ceremonia de coronación de la reina Isabel II. Y al lado los nuevos reyes, sus hijas, Leonor y Sofía; el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; los del Congreso y el Senado, así como otros representantes institucionales.