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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

Ser cristiano es estar dispuesto a amar. Es cierto que en la Iglesia hay maravillosas muestras de amor a Dios y a los hombres, pero no es menos cierto que muchos de nosotros vivimos de modo que no se nos identifica por estas actitudes. La II lectura de este domingo dice que todo el que ama ha nacido de Dios. No se dice que el que ha nacido de Dios ama, sino que el que ama, si ama, ha nacido de Dios. Porque no nos lo creemos es por lo que ponemos dificultades («pero si éste es de otra ideología, si éste es de los otros...»). La misma extrañeza ante aquellas otras palabras de Jesús: «Os digo que cuantas veces lo hicisteis con estos hermanos míos pequeños...». Jesús nos dice: Sois mis discípulos no cuando os apuntáis a un movimiento o recibís un sacramento, sino cuando cumplís el mandato de amaros unos a otros.

Este amor es simplemente el amor, un sentimiento, pero que se ha de traducir en obras. Lo que Jesús nos propone es amarnos unos a otros como Él nos amó. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida». A esto debemos aspirar, no vale un amor menor. Jesús pone tan alta la cota, para que no nos quedemos en las ridículas prácticas de tantas caridades vergonzantes. Nos pide lo que Él mismo hizo: morir en la cruz víctima del amor a los hermanos. Fue la muestra del amor de Dios, manifestado en su Hijo. Ahí está la horma del amor cristiano. Si la cumbre es dar la vida, no será mucho exigirnos dar todo lo que vale menos que la vida, como es el tiempo, el trabajo, el dinero...

Este domingo la Iglesia se hace eco del mandamiento de Jesús y nos insta a volcar nuestro amor en nuevas situaciones de sufrimiento de los hombres, como son, por ejemplo, algunas enfermedades de especial gravedad o vergüenza. Si queremos ser fieles a la persona y al mensaje de Jesús, hemos de atender a los enfermos más desasistidos y necesitados con la misma solicitud con que Él lo hizo. Él no pasó de largo ante los enfermos, el sector más desamparado y despreciado en la sociedad de su tiempo; se conmovió ante su situación, se acercó a ellos, les dedicó una atención preferente, en ocasiones por encima de las normas que lo prohibían. Los libró de la soledad y abandono en que se encontraban. Esta es la lección: como Jesús amó a los enfermos, necesitados, pecadores, excluidos..., así es como debemos amar. Recordemos su mandamiento en este día de la Pascua del Enfermo y pongámoslo en práctica.

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