Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

Este domingo es el DOMUND, un día para preguntarnos en qué consiste la misión de la Iglesia. Ésta, «peregrina, anuncia la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga». A veces se confunde su misión con una obra social a favor de personas y pueblos necesitados. Nadie negará que hacer esto es profundamente cristiano y testimonial. Pero el envío de Jesús apunta a dar a todos los hombres lo que todavía se necesita cuando parece que nada se necesita, lo que se necesita siempre y en todo lugar: la definitiva palabra de salvación que llega a lo profundo. Sin duda es mucho más comprensible y explicable humanamente que se ayude a otro a salir de su hambre o de su opresión, que no que se anuncie el misterio pascual de Cristo. Sin embargo, la Pascua de Cristo es el principio de la renovación: por eso al obra misionera de la Iglesia, según el plan de Dios, es la acción más «humanizadora» imaginable.

La salvación de Cristo no es una transformación mágica de la vida y del corazón, sino un proceso de liberación. Hechos para amar, los hombres nos atamos con cadenas que Jesús mira con lucidez de hombre, pero también con decepción de Dios: egoísmos, odios, lujurias, apego al dinero, miedo de todo tipo como si no existiera el Padre celestial... Incluso las cadenas que nacen de una religión mal entendida. Jesús comienza su obra liberadora por los caminos de un amor puro y total, gracias a una libertad de amar que no tiene parangón. Por primera vez el amor va a ser libre y podrá recrear el mundo.

La cumbre del amor, la prueba de que uno es plenamente libre, es el perdón. Que Jesús perdone en la cruz es la brecha por la que el amor mismo de Dios invade al mundo y se convierte en la única lógica de la vida. Por la cruz, abrazada por amor, Dios Padre nos libera, al unirnos a la resurrección. La vida y la muerte «en Jesús» (y hay que dar a estas comillas todo su significado) inauguran un nuevo mundo donde el amor es la base de todo. Jesús nos da ejemplo de esa vida en el amor y fuerzas de seguir siendo libres para amar. Él no es solamente el que abrió el mundo nuevo, en donde entramos por el bautismo y por la fe; es también ese mundo nuevo. Y en Él es cómo podemos vivir salvados: «Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí». El modo de aceptar y realizar este estilo de vida hará de nosotros últimos o primeros, pero no con la lógica de este mundo, sino con las cuentas que lleva el amor de Dios.

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