Diario de León
Publicado por
Liturgia dominical JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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L a celebración de este domingo tiene un tono especial de gozo y esperanza. El domingo pasado celebramos la Pascua, la victoria de Jesús sobre la muerte, fiesta central de la fe cristiana. Ahora recordamos que Dios Padre es misericordia entrañable. Los próximos domingos volverán sobre este suceso básico para la historia humana y cristiana. Nos ayudarán a rehacer personalmente esta experiencia y también a que lo hagan las mismas comunidades. Sobre el Resucitado descansa la vida cristiana y es Él quien congrega, edifica y mantiene a la Iglesia.

El relato de Tomás es el marco en el que se nos habla del «cómo» y del «dónde» de la fe pascual. Tomás representa a muchos. Su duda es más bien la búsqueda angustiosa de cimiento para la entrega generosa que la fe pide; es una respuesta a la invasión agnóstica que pretende ridiculizar a la fe. Las noticias no le bastan: «Si no meto los dedos..., no creo». Cuando volvió el Señor y Tomás ya estaba con todos, sus exigencias se convirtieron en oración: «Señor mío y Dios mío». La resurrección, verdad de fe, no es verificable viendo o tocando: es una verdad de otro orden. Es experiencia humana comprobar que hay situaciones en las que lo físico es insuficiente. Por ejemplo, en el amor. Creer no es saber menos o con menos fuerza; es saber más profundamente. Querer verificar como Tomás, es quedarse sin saber nada. El creyente es el que «cree sin haber visto». ¡Dichosos los que saben ver más profundo: creyendo! Juan también nos dice que la situación de Tomás se debe a que «no estaba con los otros cuando llegó Jesús». Así nos enseña que creer es «estar con los demás». Esto es más importante que el mismo milagro. El fundamento de la fe pascual está en la comunidad creyente: «Hemos visto al Señor», y quedarse allí. Que el Resucitado se aparezca aquí o allí, siempre será una excepción y un misterio. El Señor vive y está en la comunidad creyente, que es quien debe hacer transparente y perceptible en sí misma la presencia del Señor.

En la oración inicial de este domingo pedimos lo que hemos de vivir en este tiempo: Dios nos llena de misericordia y alegría en la celebración de la Pascua; somos un pueblo unido por una fe firme que da sentido a nuestra vida; necesitamos siempre la gracia de Dios; y queremos vivir el Bautismo que nos hizo hijos de Dios, habitados por su Espíritu y convertidos en hombres nuevos. Es la sangre de Cristo la que nos rescata y nos abre caminos definitivos de vida. Y añadamos la petición de poscomunión: que la fuerza del sacramento pascual —la Eucaristía— persevere siempre en nosotros.

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