El atlas del mal
Mapas para desentrañar a criminales. El investigador Ricardo Magaz analiza los diferentes tipos criminales de los asesinatos más atroces cometidos en las últimas décadas en León.
Batida de la policía nacional para encontrar a Denise Thien. JESÚS F. SALVADORES
cristina fanjul | león
El año pasado, los antropólogos que trabajan en la Sima de los Huesos de Atapuerca encontraron a Abel. Hallaron el cráneo de un individuo con dos orificios en el hueso frontal. Se lograba de esta manera datar el primer crimen de la historia: Tenía 430.000 años de antigüedad. Y es que somos portadores de la semilla del mal. Como destaca el criminólogo Ricardo Magaz, la naturaleza humana nos lleva a colonizar el entorno, a someterlo. «Somos carnívoros, depredadores. Necesitamos ser socializados, aprender la diferencia entre el bien y el mal», sostiene el experto, que añade que en muchos de los crímenes que ha estudiado a lo largo de su vida profesional no existe una psicopatía que pueda ser entendida como detonante. «Muchas veces, detrás de asesinatos terribles hay individuos que banalizan el mal, que deshumanizan a su víctima, con lo que se desprenden de la culpa», explica. Magaz pone como ejemplo el asesinato de Isabel Carrasco. «Montserrat González no es una psicópata ni una sociópata. Puede que su caso sea el de una ambición frustrada en la que, además, confluyen además varias circunstancias», revela. Entre ellas, el criminólogo subraya los delirios de grandeza y la inexistencia de papeles claros entre la madre y la hija. «Había una madre que no ejercía como tal y un padre ausente», defiende, y añade que Montserrat se proyectaba a través de su hija. «A Isabel la cosificaron, la deshumanizaron para no ver el crimen que iban a cometer».
Crímenes atávicos
Ricardo Magaz defiende la teoría de que el criminal atávico existe. «Convivimos con una marca genética determinante, pero la educación y las circunstancias también pueden orientar un determinado comportamiento», asegura. La familia y la tribu marcan la diferencia. Distingue Magaz entre varios tipos de criminales: el psicópata, el sociópata, el asesino en masa, el asesino en serie, y el malo, sin más, el que acoge en su interior el virus mortal.
Explica, por ejemplo, que el asesino de la peregrina, Miguel Ángel Muñoz Blas, es un caso claro de sociópata. «Es un hombre resentido, un asocial que se considera una víctima y al que se pueden aplicar las particularidades de perfilación geográfica correspondiente a un trampero-merodeador por el modus operandi geográfico con que cometió el asalto de la víctima y el crimen posterior», revela. «Cambió las flechas para que las peregrinas pasaran por delante de su domicilio, una atalaya desde la que con prismáticos veía qué víctimas eran más idóneas», mantiene Ricardo Magaz. El criminólogo asegura que si el asesino no hubiera sido detenido, habría seguido actuando. «Con toda probabilidad», defiende.
Uno de los aspectos más inquietantes de este particular atlas del mal es el momento en el que una fantasía comienza a adquirir visos de verdad, el detonante que hace que un pensamiento se materialice. «¿Qué ser humano no ha tenido fantasías con la muerte, quién puede decir que no haya deseado la muerte de otro?», se pregunta Magaz. En este sentido, se refiere a uno de los casos más espeluznantes de cuantos han tenido lugar en León. Se trata del crimen de ‘El argentino’, un hombre de Fabero que violó y mató a una niña de once años por mera venganza hacia su padre con el que había compartido prisión. «A este individuo no se le determinó ningún indicio significativo de psicopatía, de sociopatía o de enfermedad mental permanente o transitoria. Ni siquiera de una refriega violenta en la que hubiera podido perder el juicio», desvela.
Ricardo Magaz destaca que hay desalmados que manifiestan en su conducta una socialización incorrecta, una moralidad arbitraria y, por consiguiente, la vulneración de las pautas por las que se ha de regir en concordancia con la sociedad y consigo mismo: la inclinación por el mal.
En lo que a la figura del psicópata se refiere, Magaz advierte de que resulta siempre más difícil la asignación porque es más difusa. «No obstante, aprecio rasgos de psicopatología en el caso del crimen de la maleta de a mujer de Toreno que mató a un niño de 12 años y, después de trocearlo e introducirlo en la maleta, lo facturó por tren para Madrid», manifiesta.
En 1961, Hannah Arendt acuñó un término que generó una gran polémica. Durante su trabajo periodístico para cubrir el juicio de Adolf Eichmann por genocidio contra el pueblo judío, la pensadora se refirió a la banalidad del mal. Con ello, quería expresar que los crímenes cometidos por Eichmann no fueron consecuencia de una mente diabólica y enferma, o de la pintoresca encarnación del mal sobre la tierra, sino de algo más rutinario y banal: la mediocridad absoluta de un burócrata incapaz de desobedecer las órdenes de sus superiores.
No hacer nada, no rebelarse, no enjuiciar, no poner en cuestión es, también, uno de los rasgos para explicar actitudes criminales. A veces, estos comportamientos son los más inquietantes.