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PEDRO TRAPIELLO
León

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Me toca cada verano (el verano es la patria de la infancia) meter ese tren en este túnel de letras como si fuera un obligado rito estacional, ya que en él viaja toda mi edad de crío y jumentud (como jumentos potreábamos por los vagones si la cosa era excursión) y debería darlo por hecho, pues ya paró hace días en este andén ese tren de Matallana, el de la Feve... aunque con malos humos o recuerdos y no buenos presagios.

Reparemos, pues.

Como andamos algo derrotistas con el estado de salud del viejo tren botijo, tren estrecho, ensaya tú aquí aquel chucuchú de fatiga con que este tren afrontaba cada cuesta para, finalmente, superarlas... haz un esfuerzo y, por más indicios y evidencias que lluevan de punta, no quieras ver que gestores y gobernantes están hoy claramente por dejar morir ese ferrocarril público poco a poco o a cachos privatizables... di que no... y si es que sí, ¿a qué esperas para ir afilando ya la capadora?... ah, y que no deje de sonar en tu mollera ese chucuchú fatigado y el tracatrá de andar... al raíl, muévete.

La tarea no será escasa. Tendrás que demostrar a estos políticos del tijerón y a sus expertos que como transporte de viajeros aún es viable esa línea, aunque habrás de ir casa a casa por todos esos pueblos convenciéndoles de que dejen alguna vez el puto coche o el bus y cojan también el tren; y después, empresa por empresa para que vuelvan a mandar sus mercancías por este medio, que no sólo de viajeros vivirá este pan de tanta gente... y habrás de ingeniártelas para sacarle el potencial turístico que tenga (lo tuvo con el Transcantábrico): inventa trenes de alpinistas, de pescadores, de literatos, de músicos, de solteros desesperados... algo... y rápido, que se va.

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Has de idear otro tren; este nació en el XIX para llevarse carbón y mozos a las Vascongadas, pero hoy, cerradas las minas, ya no queda nadie en los pueblos ni para huir y sólo atrayendo gente a un tren guapo parecerán poblados esos lugares al menos mientras pare el convoy para las visitas turísticas a los sitios señeros o que tengan algo curioso y raro, que tampoco son tantos.