Diario de León
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CORNADA DE LOBO pEDRO TRAPIELLO
León

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M aldice la pirámide funcionarial italiana viendo volar por la ventana viejos privilegios.

Bendice las arcas su primer ministro al ver aprobada su radical reforma de la función pública. «Se acabó la vida fácil », ha dicho a los italianos.

Repasa ese acabose: se acabó allí el puesto vitalicio y lo que llamamos plaza en propiedad ; el funcionario será evaluado por su productividad y supeditada su plaza a necesidades reales o al presupuesto... se acabaron las primas por antigüedad: adiós trienios o quienquenios; el jefe de área incentivará anualmente a los más aplicados de la plantilla (sin superar el 20% los agraciados)... se acabó el escaqueo tradicional y consentido: adiós a las famosas bajas médicas en viernes o al fichar y largarse a asuntos personales, habrá inspectores en calles y domicilios y se procederá a la sanción, despido o extinción de la plaza, según.

Canta el gondoliero: Se acabó la diversión, llegó el comandante Renzi y mandó apagar... Ya se nos ocurrirá algo, dice la Italia del manguito mangante.

En los viejos reinos españoles de Nápoles y Sicilia los espías del rey nuestro señor han tomado nota y comunican a la corte que sería de precavidos ir poniendo nuestras barbas a remojar, pues ese «diseño italiano» está hecho a la medida de nuestros vicios, trampas y necesidades imponiéndose su urgente importación, al igual que en su día importó España de Italia con gran acierto la jardinería de Sabatini, la música de Bocherini, las reformas de Squilaci (Esquilache)... o las fuentes para la salubridad pública que sembró Carlos III por toda España.

Pese a recortes y congelación de plazas públicas, España tiene 2,7 millones de funcionarios (autonómicos los más). Pon ahí tres votos familiares por barba funcionaria y sale una masa electoral que aterra a todos los políticos que, por ser funcionarios de la política, no tirarán piedras contra la máquina de contratar y colocar que tienen tan a mano... y tan a dedo. Ni hablar de reformar la ley de la función pública. Pero la receta italiana acabará imponiéndola aquí Bruselas... y don Déficit, que también se nos hizo funcionario vitalicio.

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