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CORNADA DE LOBO pEDRO TRAPIELLO
León

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T odos los 5 de agosto me acuerdo de Marilyn Monroe... y me pongo colorao... si no la recordara, ya se encargan todos los medios informativos de hacerlo, teles y revistas de pelu en especial, porque llegado este día invariablemente evocan desde hace 54 años la profusa mitología y enigmática muerte de la Monroe en una habitación de hotel mientras le hacía la guardia imaginaria un montón de barbitúrticos en la mesilla y otro en su estómago... porque se despachó... o la despacharon, que es lo que apunta la sospecha popular y los mil libros que se han escrito sobre el asunto acusando a los servicios secretos de maquinarlo todo por haber tenido la actriz líos guarretes con el presidente John F. Kennedy, que a su vez se la había levantado a su hermano Bob... y mira tú, también los dos fueron despachados, pero a balazos, como manda el arte de la Quinta Enmienda y la Asociación Nacional del Rifle.

Sorprende que tras tanto tiempo el mito no muera. Es lo que tiene morir joven y que la gente no tenga ganas de que mueras porque te querían o dabas una pena infinita y maternal... ¿quién se atrevía a no querer a Marilyn sabiendo la infancia trágica y juventud robada que le tocó a Norma Jeane Mortenson, después ex de Dougherty, ex de DiMaggio y ex de Arthur Miller?... ¿cómo no adorar al mito que tantas vidas vivió muriendo a los 36?...

A la masculinidad de entonces la Monroe le despertaba los bajos, pero también los altos a quien pensara que Marilyn no podía ser sólo sensualidad químicamente pura en un cuerpazo de 94-60-92 (qué calibre), sino algo más, algo grande que habría en aquella cabecita para que el dramaturgo Miller se fijara en ella hasta embobarse.

En el cuarto aniversario, una revista que usaban en el colegio para el periódico mural publicó la cara de Marilyn a tamaño natural... no dudé en robar la página guardándola en mi bloc de dibujo «Venus de Médicis»... y aquella misma noche, antes de apagarse las luces, fue la primera mujer a quien besé... juro que aquel beso tieso de tinta y cuché me supo a polvo de estrellas... por eso me pongo colorao.

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