CORNADA DE LOBO
Lo malo de Bueno
Mala noticia tan sólo un día después de haber enterrado a su mujer: Gustavo Bueno rindió su aliento como quien dice ¡el vacío!, ¿para qué seguir?, ¿qué más pensar?, ¿a qué decir nada más?... pero no lo tenía todo dicho... imposible, su cabeza era anteayer una agitada factoría de pensamiento puro. No había fatiga a sus 91 años que detuviera su vorágine.
Así lo comprobaron los leoneses que abarrotaron el salón de actos del Juan del Enzina cuando hace siete meses dió en León la que vino a ser su última conferencia en vida, «Corrupción fiscal y corrupción cultural». Rehusaba entonces estas comparecencias magistrales, pero en este caso hizo salvedad al ser reclamado por dos viejos alumnos a los que tenía gran ley (Miguel Ángel Castañón y Moisés Melón) que le invitaron a solemnizar el treinta aniversario de su Centro de Psicología Conductual. Me cupo entonces el honor de arropar al filósofo junto a Fulgencio Fernández en aquella charla rotunda. Esperábamos encontrar un Bueno entrado en achaques, pero el brioso profesor derrochó vitalidad física y fulgor mental dejándonos perplejos, pues al tomar la palabra (en la que no bailó un concepto o una coma) don Gustavo se puso de pie... y en pie se mantuvo hasta el final de su conferencia. Qué tío. Y qué latigo de ideas y saberes. Viéndole así nos dijimos al despedirle «tenemos Gustavo Bueno para rato». Y ayer vinieron los boletines dominicales a bombardearnos la ilusión: Ha muerto Gustavo Bueno en Niembro, Asturias; será enterrado el lunes en su pueblo natal, Santo Domingo de la Calzada, en cuyo cementerio estrenaba su mujer el sábado la paz eterna. Un solo día y la echó de menos.
Hoy los medios se llenarán de biografías y elogios. Léelo todo, la talla del filósofo lo exige; pasará a ser uno de los escasos pensadores españoles del siglo XX. Por eso le maldice el meapilas tomista y el querido colega que ni huele su método materialista, «aunque en el fondo soy un escolástico», decía, o sea, bregado en lo adversativo.
Era tan listo, que podía rebatirse a sí mismo y ganar el pleito. Y dice el tonto que eso era lo malo de Bueno.