Diario de León

Las emociones de las cosas

Creemos en el animismo, creemos que parte de lo que somos se esconde en las cosas que nos rodean. Dotamos de esencia vital, de alma, a determinados objetos para encerrar en ellos momentos de nuestra vida para que así no se acabe para siempre... .

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cristina fanjul | león

Los objetos son capaces de atesorar magia. Pueden decirnos todo de una persona sin que tan siquiera tengamos que verla... cosas inanimadas que, sin embargo, soportan emociones humanas, porque nosotros les dotamos de esa cualidad. Todos necesitamos escudos —lares, manes, penates — cuya naturaleza fundamental se caracteriza por reflejar nuestro paso por el mundo. Gracias a las cosas nos sentimos menos desorientados, más protegidos y el vacío de la soledad puede parecernos menos desolador. Por eso, hay novelistas que convierten las cosas en personajes literarios, porque aprisionan las emociones de sus personajes y porque nos definimos, nos caracterizamos por todos los objetos de los que nos rodeamos.

¿Qué nos llevaríamos si tuviéramos que abandonar nuestra casa? ¿Qué sería aquello sin lo que no podríamos continuar?

Cada día, millones de personas se ven obligadas a dejarlo todo atrás para salvar su vida. Abandonan su país, su casa, a sus padres, a sus hijos... pero todos ellos se llevan algo, objetos a los que se aferran en su desarraigo. La mayoría de estos objetos son imágenes, fotos de los familiares y amigos, retratos que en realidad evocan el recuerdo de la vida pasada.

Wael, Nayad, Joseph y Wail tienen en común más cosas de las que les gustaría. Pero, sin duda, su denominador común es el estatus de refugiado político. Sus vidas se caracterizan por la inmediatez provocada por la guerra, que hace que los días se conviertan en un asunto urgente. La emergencia les echó de sus hogares.

WAIL

palestina

Como a Wail, un palestino que llegó a León hace año y medio. «En España me siento como en mi país, pero mis papeles se retrasan y hasta que no los tenga no podré traer a mi familia». Su familia... cuatro hijos y una mujer, aunque Wail es viudo. Su primera mujer murió en un accidente de coche, pero se la ha traído a España. Al abandonar el campo de refugiados de Cisjordania en el que vive, Wail tan sólo metió en su maleta un banderín con la bandera de Palestina y un retrato. «Es mi primera mujer. La dibujé yo. Era cristiana, rubia, muy guapa... en el dibujo no se aprecia», lamenta. Wail muestra la cartulina, un papel en el que un día escribió todo lo que sentía por su mujer: «La mujer es patria, y la patria no traiciona», «El amor es como un vehículo y si hay más de una persona, se hunde»... Wael guarda de nuevo la cartulina en una carpeta en la que conserva los papeles con los que espera lograr el reagrupamiento familiar. «¿Sabes? uno de mis hijos está muy enfermo. Tiene que pasar dos horas al día en el hospital. Yo quiero ser ciudadano español. Trabajar y vivir con mi familia. Como cualquiera»...

NAYAD

irak

Nayad tiene 34 años y lleva cuatro meses en España. Tuvo que huir de Irak de la noche a la mañana. Lo dejó todo sin mirar atrás. «Me fui a Turquía, de allí a Senegal y después llegué a España». Nayad dejó a su madre y a sus hermanos y hermanas. «No tuve tiempo de llevarme nada. Vine sin nada. Me dijeron que me matarían si no les daba lo que querían».

WAEL

siria

Hay otro Wael, pero este acaba de llegar de Siria. Huyó de Damasco al poco de sobrevivir a una de las cárceles de Al-Assad. Wael aún no es capaz de verbalizar su experiencia en aquel infierno. Niega con la cabeza cuando se le pregunta por aquellos días, siete meses durante los que nunca supo si era de día o de noche. «La cárcel estaba bajo tierra y nunca veíamos la luz». El rostro de Wael no refleja tristeza o aflicción. Su emoción está más allá de todo lo que puede describirse a este lado del mundo. «Me detuvieron el día de mi boda y nunca supe por qué», asegura mientras su mirada se fija en el suelo. Siete meses en una cárcel del dictador sirio... Un compañero kurdo le interrumpe para señalar la clase de torturas a las que se somete a los presos de conciencia: palizas, electroshocks... «Compartía celda con hombres muertos», susurra, y añade que tenían tan poco espacio que tenían que permanecer en pie. Cuando Wael salió de la cárcel pasaba tan sólo 40 kilos y al llegar a casa, su familia creyó que quien aguardaba en el umbral era un muerto. Al poco, una carta de su carcelero le obligaba a alistarse para luchar contra el Daesh. «Fue aquel día cuando decidí abandonar mi país», afirma. Wael muestra la imagen de su mujer, la única pertenencia con la que salió de su casa. «Se llama Elham. Ella escribió en el dorso la fecha en la que me metieron en la cárcel». explica mientras desdobla un pequeño papel con caracteres árabes. «Pone ‘te quiero’», dice, y abre la cartera para mostrar un par de billetes. «Es lo más parecido que tengo a mi país, Siria.. mi país, repite... No es Al-Assad, es mi país, mi corazón».

JOSEPH

palestina

Joseph es el más joven de todos. Apenas 21 años, catorce meses en España. Así que, cuando dejó a sus padres y hermanos, Joseph acababa de cumplir 19. Nació en el campo de refugiados de Tulkarem y dejó Cisjordania por miedo a la guerra latente con Israel. «Trabajaba como mecánico de coches, y los disparos eran constantes», asegura. La madre de Joseph estuvo una semana sin hablarle antes de que se fuera. «Tenía miedo de lo que pudiera pasarme». Cuando partió se llevó una mochila, la mochila de estudiante que sus padres le regalaron cuando cumplió 15 años, «cuando era pequeño. Me la regalaron para ir al colegio», subraya... El día que abrazó el desarraigo, Joseph puso su vida en manos de esa mochila infantil, que «siempre me ha dado suerte», y se puso en camino.. Hay más de quince millones de refugiados en el mundo. Un gran país de recuerdos, millones de imágenes, de retratos, de cartas, de mochilas, como la de Joseph, pequeñas bolsas que llevan ya un fardo de vidas a sus espaldas...

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