LITURGIA DOMINICAL
Bajar del pedestal
A menudo se acusa de prepotencia a los que detentan el poder. La vieja tentación de «ordeno y mando» parece renacer en los que quieren imponerse a fuerza de votos. Y es que la autoridad, propia de los poderosos, nada tiene que ver con la arrogancia de los que confunden democracia con mayoría. Pero esa misma arrogancia, que vemos y denunciamos en ellos, está agazapada en toda la vida social. Ahí está la altanería de los que presumen de títulos, de apellidos ilustres, de triunfo en reñidas oposiciones, de méritos en concursos, de inmensas fortunas amasadas con el propio sudor, de ganarse la vida ellos solitos. Todos padecemos la misma tentación de la autosuficiencia. Nos hacemos como Dios. Pretendemos llegar a conseguir las metas más altas con el propio esfuerzo y sin ayudas. Es un error garrafal. Sin mermar el valor del esfuerzo y la voluntad personal, hay que reconocer, guste o no guste, que nadie es autosuficiente. Y menos que nadie los que están más arriba. Todos necesitamos de todos, incluso de quienes creemos no necesitar. Nadie tiene nada de qué presumir. Todos debemos a los demás casi todo. Lo único nuestro sería, a lo sumo, la buena voluntad, la solidaridad y la humildad, que es la verdad.
Sta. Teresa decía que «la humildad es andar con verdad». Es la virtud que capacita para conocer con exactitud las propias posibilidades, impide sobrevalorarnos y anima a prestar atención a los otros. La humildad, como postura religiosa, define la situación del hombre ante Dios y el lugar que ocupa en la creación. Es hermana de la sinceridad, como el orgullo es hermano de la hipocresía. La humildad empuja al hombre a desarrollar sus capacidades sin olvidar su condición de criatura. Se trata, en fin, de no creerse -y de no querer aparecer- superior o mejor que los demás, porque la verdad es que no lo somos. Ni superiores ni inferiores, sino radicalmente iguales. Es verdad que hay hombres más sabios, más inteligentes, incluso más buenos que otros. Pero nada de ello autoriza a mirar por encima del hombro a los demás. Porque -como se dice en la oración inicial de la misa de hoy- es de Dios de quien «procede todo bien». Todo lo que cada uno tiene de realmente bueno -y en todos hay mucho de bueno- es don y gracia de Dios: no podemos vanagloriarnos de ello. Y todo lo que tenemos de malo -y hay también bastante de malo- nos obliga a rechazar cualquier tentación de orgullo. Sólo el que baja del pedestal -de la autosuficiencia- y va al encuentro del hermano puede descubrir el rostro de Dios, porque Dios se hace pobre, marginado, despreciado, lo último de la insensata escala social que hemos diseñado con soberbia como una torre de Babel contra Dios, es decir, contra los hombres, contra la humanidad. Sinceramente nos cuesta valorar la humildad y reconocer que, en realidad, sólo los humildes tienen, como decía la primera lectura, «el favor de Dios». Solo ellos pueden y saben ser felices.