Diario de León

RETRATOS CALLEJEROS AURELIO IBÁN FERNÁNDEZ ENTERRADOR

El niño que vivió en el cementerio y trabaja con la muerte

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texto: carmen tapia fotografía: ramiro

Su padre, Patrocinio Ibán Santos, fue el último conserje del cementerio municipal de León. Allí vivió con su mujer y sus dos hijos durante 28 años. Allí se crió Aurelio, el niño que corría por los pasillos del cementerio y dormía en una habitación a escasos dos metros de las tumbas, lo primero que veía todas las mañanas al levantarse. Aunque probó suerte en el Ejército, no le gustó el régimen disciplinario y de prohibiciones y su padre habló con sus jefes para que lo probaran como aprendiz de enterrador, un oficio al que ha dedicado los últimos 35 años de su vida. Aurelio tiene 59 años, está soltero y cuando piensa en la muerte lo hace para confirmar su deseo de ser incinerado. «Mi padre fue a Madrid a ver el primer horno crematorio que se abrió en España. Acompañó a una familia de León. Cuando vino dijo que él quería ser incinerado. Yo también».

No hay recoveco del camposanto que no conozca. Todos los días recorre sus pasillos, patios, manzanas... Rodeado de 80.000 cuerpos, nunca ha sentido miedo y asegura que jamás ha notado presencias ni ruidos misteriosos. «No creo en invidentes, eso son cuentos para sacar a la gente el dinero». Pese a ser católico, practicante y miembro de la Cofradía de Santo Tomás de Canterbury de Puente Castro, duda de que haya vida después de la muerte. «Algo tiene que haber, pero no sé...». Desmiente la leyenda negra de la aparición de cadáveres dados la vuelta cuando se abren los féretros. «Lo más que hemos encontrado es un cadáver en una posición diferente, pero eso es porque al meterlos en el nicho o en la fosa se descolocan un poco». Confiesa que en la adolescencia sufrió «una crisis» al imaginar sus huesos en una carretilla. «Hace muchos años, de niño, cuando se exhumaban los cadáveres se dejaban unas horas en una carretilla hasta que se volvían a enterrar en el osario, ahora eso ha cambiado». Pero el bagaje profesional no le ha hecho inmune al dolor de las familias, sobre todo cuando van a enterrar a sus hijos jóvenes. «Me conmueve la muerte de gente joven. Enterrar a un hijo de 19 ó 20 años por accidente de tráfico es muy doloroso».

Entre sus mejores recuerdos está el de ser una de las tres últimas personas en ver el cuerpo de Vela Zanetti antes de ser incinerado. el «impresionante» entierro del comandante Cortizo, asesinado por ETA, y la llegada de las cenizas de Félix Gordón Ordás desde México.

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