CORNADA DE LOBO
Cazurro, lo peor
Mentando otra vez los estereotipos que endilgó a los españoles el humorismo televisivo vasco (fachas, paletos, chonis y progres), Sócrates anotó: todo el mundo y en todo momento de la historia hubo de soportar que el vecino (y aún más el enemigo) le redujera a un mote, al baldón o a la mala fama... eso pasa de padres a hijos como todo lo demás... y suele recrecerse, especialmente si te lo vocean en una grada, lo cacarean urbi et orbi en internet o lo ves pintado en cualquier muro donde se puede informar, por ejemplo, de la verdadera profesión de este país, «Puta España», cosa descubierta y escrita en sus lugares por regionalistas o nacionalistas gallegos, asturianos, cántabros, vascos, riojanos, navarros, roncaleses, aragoneses, catalanes, valencianos, mallorquines, nacionaleros extremeños... y hasta Pepín el de Pola que lo rotuló en la tapia de atrás del cementerio (de noche y con rotulador pilot).
¿Cómo evitar que te llamen con un apodo, un mote o un defecto?... Imposible. Intentar impedirlo es peor.
¿Qué hacer entonces?... Llámatelo tú mismo y se le acabó al enemigo la pólvora, se le gastó el insulto.
Pongo de ejemplo que te digan cazurro y al final te lo llames tú. Hasta hace no tanto era el peor insulto para un leonés pues es un remoquete que resume otros títulos más: receloso, cerril, desconfiado, tarugo, parco en palabras, falsete... (el diccionario lo pone peor: «torpe, corto de entendimiento»).
Tuve reproches y hasta censuras hace cuarentaitantos años cuando comencé a llamarme cazurro por poder llamar a mis paisanos cazurrones o cazurretes. Aquí cazurro era entonces tan feo como mentar sogas en casa del ahorcado. Irritaba mucho, pero persistí. Y pasado un tiempo, «cazurro» ya valió para inflar orgullito y para marcas, rótulos, pancartas o bufandas de ultrasur... y se murió como apodo facilote o burla de vecinos y envidiosos.
¿Cazurro?... ¿y qué?... ¿fachas, paletos, chonis?... ¿y qué?... quien no tenga complejo de serlo de verdad se lo tomará a broma y no entrará al trapo, que es lo que espera el cretino que lo lanza pidiendo guerra. Elegancia, tú.