Niños abandonados: entre la realidad y la leyenda
El antropólogo José Luis Puerto recuerda que el abandono de niños ha sido algo común a lo largo de la historia. Describe este fenómeno como ‘territorio de exclusión o margen’ y precisa que sus huellas están inscritas en el registro cultural y etnográfico de la humanidad. «De Moisés a los pliegos de cordel, Blancanieves o ‘La vida es sueño’, la literatura está llena de historias de niños salvajes», manifiesta.

Imagen de la película de François Truffaut, ‘El pequeño salvaje’, basada en una historia real. DL
cristina fanjul | león
Aparece en los pliegos de cordel, en los cuentos populares, en las leyendas, en la Biblia... «Incluso las grandes obras de la literatura, como La vida es sueño recogen el abandono de niños». El antropólogo José Luis Puerto destaca que la información acerca del hombre de Babia está dentro de un arquetipo que se ha sucedido a lo largo de la historia y que se encuadra dentro de la naturaleza humana. «Se abandonaba y se abandona a los niños por presión social, por vergüenza, por tabúes....», explica el también poeta salmantino afincado en León, que subraya que este fenómeno entra dentro de un campo antropológico que se denomina ‘de territorio de exclusión o margen’. «Tiene que ver, por ejemplo, con la leyenda de los niños que cohabitan con los animales, como la noticia de la niña que aparecía hace unos días en India», explica.
El domingo, Diario de León informaba de la aparición —en enero de 2015— del cuerpo de un hombre en Somiedo con graves deformidades físicas cuya existencia, a nivel legal, no existe. El caso, que la Guardia Civil investigó durante meses, sigue siendo un misterio y el cadáver es la única huella de su paso por este mundo. En este sentido, José Luis Puerto subraya que ese territorio de exclusión, de margen, tiene mucho que ver con la cohabitación con los animales, un fenómeno del que existen numerosos casos —como el del niño que protagonizó la película de Truffaut El pequeño salvaje— o con historias como la de Moisés, un niño arrojado a las aguas por su madre.
Una de las razones por las que el caso del hombre de Babia resulta tan enigmático está en que no existe registro alguno que pruebe su paso por el mundo. Destaca Puerto que la normalización de los registros civiles no es una realidad primitiva. «Los primeros registros siempre fueron las partidas de bautismo», explica. El antropólogo subraya que los obispados tenían visitadores diocesanos que pasaban a menudo por los pueblos con el mandato de bautizar a los nacidos. «Era imperativo. A los niños se les bautizaba al poco de nacer y era la manera de registrarles a efectos civiles», incide.
Por esta razón, la historia del hombre de Babia resulta aún más misteriosa. No fue bautizado. Por otro lado, José Luis Puerto destaca que la normalidad con la que en la actualidad se acoge a las personas con discapacidad física e intelectual es muy reciente. «Antes suponían una vergüenza y en muchos casos denotaban una mancha familiar», sostiene. En este sentido, recuerda que España fue un país muy rural hasta los años cincuenta, en el que la diferencia entre los pueblos y las ciudades no era tal. Por ello, el ocultamiento de los ‘diferentes’ era un fenómeno común. El antropólogo describe tres fases en el proceso: la exclusión, el periodo de margen y el desenlace.
En el archivo histórico
Blancanieves, El libro de la selva, Hansel y Gretel... todos ellos son expresiones folklóricas de una realidad que se ve como algo superado. «Lo mismo ocurría con los niños abandonados a las puertas de las iglesias», explica Puerto, que destaca que en el Archivo Histórico se conservan numerosos documentos en los que las madres expresaban el pesar de dejar a los recién nacidos. «Son la memoria de un época y unas circunstancias que ya no existen, pero que tuvieron su espacio en la historia», manifiesta el poeta, que precisa que en estos legajos las madres escribían incluso coplas y poemas.
Uno de los casos más famosos de niños salvajes que fueron reintroducidos en la sociedad es el de Víctor de Aveyron. Este joven fue encontrado por unos cazadores a finales del 1799 en un bosque de la ciudad del mismo nombre. Las crónicas describen que estaba lleno de cicatrices de mordeduras de animales. «Parecía inmune al calor y al frío, rompía la ropa que la gente intentaba ponerle y se negaba a comer comida cocinada, consumiendo únicamente alimentos crudos». Además, tenía una gran cicatriz en el cuello, probablemente realizada con un cuchillo u objeto punzante, lo que hace pensar que pudieron haber intentado acabar con su vida.
Este niño había sido avistado en múltiples ocasiones trepando por los árboles, corriendo a cuatro patas, bebiendo en arroyos y comiendo bellotas y raíces, hasta que finalmente fue capturado cuando durante el invierno se acercó a granjas en busca de comida. Los doctores de la época pensaron que el muchacho sufría retraso mental porque no entendía el lenguaje. Víctor fue adoptado por un maestro llamado Itard, que consideró que el infante solo tenía un déficit en el desarrollo del lenguaje debido al extenso periodo que había subsistido en soledad. Itard intentó educar y reintroducir en la sociedad al niño salvaje, trató de enseñarle el lenguaje, la conducta moral y las normas sociales. Sin embargo, a pesar de dedicar largos años a ésta tarea y de la importancia que tuvo el trabajo de Itard —sus métodos se tuvieron en cuenta a posteriori por metodologías educativas como la Montesori— no se lograron grandes éxitos, y se abandonó todo intento de educación. Víctor murió joven, con apenas cuarenta años.