CORNADA DE LOBO
Andai, andai...
Andai, andai, pelai aprisa... era el latiguillo con que nos azuzaba la señora María, la del señor Arsenio, rechoncha y gobernantina ella como buena montañesa de Barrios... nos veía remolones pelando pollos (cada viernes matábamos unos doscientos para el negocio familiar) y ahí estaba ella con el «andai, andai, pelai aprisa», latigazo de latiguillo al galeote, a remar... nos pedía ser diligentes (hoy palabra en desuso), apurar tiempos y medios para dejar las cosas finalmente bien hechas... a eso nos animaba su tono de brigada corneja.
Andai, andai... pelai aprisa.
Como se me hacía odioso desplumar pollastres entre vapores sofocantes y el látigo de la señá María, me pedía la tarea del degüello, ese refinado placer yihadista, segar el gañote de unas aves engordadas a velocidades de granja para que sin cumplir los cincuenta días visitaran ya la cazuela... los estertores de un pollo al morir degollado lo convierten en una ducha de sangre que no puede evitar el que esté al lado, así que asumiendo la mojadura, dejaba que me empapara toda la ropa como el torero arrimón que, por parecer más temerario, aprieta el pase así que pasan los cuernos del peligro y friega con la taleguilla el lomo encharcado del morlaco (a José Tomás le gusta esta trampilla)... y así salía yo después hasta la acera por causar impresión en los sorprendidos peatones que mayormente se espantaban y me eludían, aunque siempre había alguno dispuesto a llevarte a la Cruz Roja sí o sí... pero ¿qué te ha pasado, rapaz?... nada, en el frente de Gandesa hay carnicería.
Había concurrencia familiar y la matanza-peladura se solventaba en dos o tres horas. Sucedía en los veranos de mi adolescencia, vacación en casa sin más playa, piscina o campamento. En la granja o la tienda siempre había faena para un rapaz... pero sobraba tiempo para escapadas al río, juegos en Cantamilanos, malicias en Eras, descalabrar pardales... así que aquellas tareas no las recuerdo penosas... y algunas, divertidas, pero la doctora de guardia de la tertulia no sé qué dijo de trabajos inapropiados para esa edad y de explotación infantil... ¡!... callé... y sonreí.
Andai, andai, pelai aprisa... era el latiguillo con que nos azuzaba la señora María, la del señor Arsenio, rechoncha y gobernantina ella como buena montañesa de Barrios... nos veía remolones pelando pollos (cada viernes matábamos unos doscientos para el negocio familiar) y ahí estaba ella con el «andai, andai, pelai aprisa», latigazo de latiguillo al galeote, a remar... nos pedía ser diligentes (hoy palabra en desuso), apurar tiempos y medios para dejar las cosas finalmente bien hechas... a eso nos animaba su tono de brigada corneja.
Andai, andai... pelai aprisa.
Como se me hacía odioso desplumar pollastres entre vapores sofocantes y el látigo de la señá María, me pedía la tarea del degüello, ese refinado placer yihadista, segar el gañote de unas aves engordadas a velocidades de granja para que sin cumplir los cincuenta días visitaran ya la cazuela... los estertores de un pollo al morir degollado lo convierten en una ducha de sangre que no puede evitar el que esté al lado, así que asumiendo la mojadura, dejaba que me empapara toda la ropa como el torero arrimón que, por parecer más temerario, aprieta el pase así que pasan los cuernos del peligro y friega con la taleguilla el lomo encharcado del morlaco (a José Tomás le gusta esta trampilla)... y así salía yo después hasta la acera por causar impresión en los sorprendidos peatones que mayormente se espantaban y me eludían, aunque siempre había alguno dispuesto a llevarte a la Cruz Roja sí o sí... pero ¿qué te ha pasado, rapaz?... nada, en el frente de Gandesa hay carnicería.
Había concurrencia familiar y la matanza-peladura se solventaba en dos o tres horas. Sucedía en los veranos de mi adolescencia, vacación en casa sin más playa, piscina o campamento. En la granja o la tienda siempre había faena para un rapaz... pero sobraba tiempo para escapadas al río, juegos en Cantamilanos, malicias en Eras, descalabrar pardales... así que aquellas tareas no las recuerdo penosas... y algunas, divertidas, pero la doctora de guardia de la tertulia no sé qué dijo de trabajos inapropiados para esa edad y de explotación infantil... ¡!... callé... y sonreí.