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Trazos en la oscuridad

Imagen de botes de spray en una competición de grafiti. JAVIER QUINTANA
GONZÁLEZ GONZÁLEZ | LEÓN
Es viernes noche y los chavales del barrio hace un tiempo que no pisan por el Húmedo. Las horas se desvanecen ahora en el local entre charlas, humo y otros quehaceres. A veces estos quehaceres son artísticos: el barrio en las lunas de verano es muy sugestivo y ahora los tipos —como les pudiera llamar algún ente del Estado— prefieren divertirse marcándose unas piezas. «Acelera». Paso firme, sube el pulso. Es mejor que nadie les vea a esas horas, mejor evitar sorpresas. Hay que atravesar la carretera y alejarse de las farolas. La iluminación se esfuma por el descampado y algún pincho se acomoda por las piernas. Siguen campo a través y ahí está el muro. Los individuos se dividen en tres zonas de la pared y sacan sus sprays para dar forma, con los primeros trazos, a las tres obras. Los olores en las noches húmedas del estío se vuelven mucho más palpables; el spray disgusta a las glándulas olfativas y las toses ejercen de banda sonora. Sólo tienen treinta minutos, estas personas, para expresarse en los ladrillos. Tienen que ser rápidos y astutos y tener ojos en la espalda. Aunque en esta ocasión la vigilancia es en vano y el coche de la Local pasa de largo sin tan siquiera darse cuenta de su presencia. Pintar sin luz se complica pero es un reto asumible para cualquier grafitero. Últimos retoques, un poco de brillo aquí, los rellenos mejor por arriba, una firma para sellar la obra y... ¡Bravo! C’est fini. Ahora hay que recoger e irse cuanto antes. De repente aparecen dos perros en el horizonte y sus dueños se han dado cuenta de la ‘operación’. Toca salir corriendo y dar un rodeo para evitar ser identificados. En la vuelta al barrio les da tiempo a regodearse haciendo una firma a tres bandas en un edificio: esto es la jungla.
MARCO LEGAL
La legalidad de estas prácticas queda en entredicho en España que, en su autarquía permanente, parece no darse cuenta del boom de arte urbano que está sacudiendo al mundo. Porque eso de pintar paredes va contra las normas o está mal visto por una mayoría social. El debate entre grafiti y arte urbano vive porque el marco legal aún sigue sin resolverse, sin escucharse, sin atenderse. La realidad sería distinta si cualquiera pudiese expresar su arte —bajo una serie de normas concordantes con la sociedad como hacen ya en París, Nueva York, Melbourne o Varsovia— de forma libre en cualquier lugar. Y mientras el dilema se soluciona o no los chavales del barrio, que fueron siempre los mismos, siguen pintando trazos en la oscuridad. En León los pocos grafiteros que quedan —en otros tiempos la moda creó un regimiento de aficionados al spray— continúan con estas aventuras nocturnas por amor al arte y para ellos no hay debate que valga: «si se legaliza, yo dejo de pintar». Y es que el grafiti, en su esencia, siempre estará vinculado a la ilegalidad.