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CORNADA DE LOBO pEDRO TRAPIELLO
León

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T enía que ser mujer machorra de bigotes para que la alistaran sin reparos en las mesnadas que liaban reyes y nobles medievales cada vez que tenían pleito con el vecino (día sí, día no) o ganas de liquidar al pariente pretendiente... no quepa duda, resolvió Valdueza: si existió la Dama de Arintero, y es que no, a la fuerza hubo de ser fea y viril... y pastorona en andares y hablares si venía de un alto valle del Curueño cuya única industria fue siempre el ganao... todo lo demás son ganas y patraña bendita de cura archivero, literatura fantástica barata y plagiada... el mito de la mujer soldado ya viene de antes de Juana de Arco y sobran por todo lugar monjas alféreces o agustinas cañoneras.

El relato de esta Dama cojea, apuntó Peláez, el plagiador se pasó: si descubren que es mujer tras herirla en una teta y la licencian con honor y privilegios para todo su pueblo, ¿por qué al poco mandan soldados tras ella que la sorprenden en La Cándana, cerca de su pueblo, jugando a los bolos (juego sólo de hombres) y allí mismo, por resistirse a la ley, la desgracian?... ¿qué hizo?...

Octavito repite su teoría y nidiós le rebate: pudo existir la tal mujer, por qué no, pero necesariamente la cosa tuvo un relato bien distinto al que le hicieron después: descubierto su engaño, la licencian con deshonra y algún cobre para la vuelta que gasta en un copista de Benavente al que encarga un pergamino de falso privilegio para regresar así al pueblo triunfante y no humillada, título con el que va baladronando y pendenciando en su entretenido regreso a casa que le dura un mes cuando un pastor a pie lento de rebaño lo hace en tres o cuatro jornadas... enterado del fraude el ejército real, mandan prenderla y no dudan en matarla al ponerse farruca y brava... muy de heroína no la tenían... en fin, machorra, tramposa e insolente... ¿dama?... y la tertulia tiró por el historicismo patrañero, la credulidad del vulgo, el auge de la novela histórica que es hoy aquella de caballerías que estomagaba a Cervantes... y Sócrates trayendo otra vez a Russell: «los pueblos y naciones no cambiarán hasta que los profesores de historia sean extranjeros».

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