Contra el miedo
T odos, de una manera o de otra, buscamos seguridad para nuestra vida. Pero, al no encontrarla en las instituciones civiles y profanas, parece que aumenta el número de personas que la buscan en la religión. Ahora bien, cuando el instinto básico que nos empuja hacia lo religioso es esa ansia de seguridad, se desvirtúa el sentido de la fe, porque lo realmente característico de los creyentes no es la seguridad, sino la fidelidad. Si creemos en Jesús resucitado, si el Evangelio no es un cuento para nosotros, si el Señor vive y no es un fantasma, ¿por qué somos derrotistas y vivimos con miedos? Y si no tenemos miedo, ¿por qué nos preocupa tanto la seguridad y tenemos dificultades para arriesgarnos por los demás y por la causa de Cristo? Así no hay quien nos crea. ¿Quién nos ha dicho a nosotros que la vida cristiana es tranquilidad? La fe no ahorra a nadie las dificultades y los problemas, aunque es cierto que ayuda al creyente a superarlos. El testimonio tiene fuerza cuando afrontamos los problemas y los superamos con fe. La fe sigue siendo la razón suprema de la existencia. No se puede vivir sin fe. La fe da consistencia a la biografía y a la historia, pone calma en las zozobras, saca adelante la vida y la causa del hombre. La fe se presenta así como la única posibilidad de salvación. La fe será quien dé sentido a la vida y, por tanto, también a la muerte.
«¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» Jesús nos quiere liberar precisamente del miedo. Él anda sobre el agua y no se hunde. Y nos invita a ir con Él. Hay momentos en los que -Pedro y nosotros- nos aguantamos bastante bien sin hundirnos en el agua, pero hay otros en que nos vamos al fondo..., porque la fe nunca nos empapa del todo; no nos llega hasta el último repliegue de la vida. Por eso, dudamos... Tanto la Iglesia como cada uno de nosotros, andamos seguros cuando fijamos la mirada en Jesús; pero cuando nos centramos sólo en nosotros mismos, a la más ligera ventisca... temblamos. Cuando el evangelista escribió este texto, la barca, símbolo de la Iglesia, ya era combatida: desde fuera, por la persecución y, desde dentro, por el cansancio, la desconfianza, el miedo... Por eso era urgente que la primitiva comunidad recordara este hecho, como sigue siendo urgente para nosotros hoy. Recordar que, sin Jesús, la barca se hunde; pero Él está en ella y nos invita siempre a avanzar mar adentro, porque solamente en la medida en que arriesguemos algo, podremos decir que tenemos fe. La fe es una relación personal, como la confianza, aunque no sea solamente eso. De esa fe, de esa confianza, vive el cristiano. Cuando le falla, se hunde como Pedro. Por su poca fe. O por su falta de fe.