Quiero y puedo
E l cristianismo cuenta con hermosas palabras, pero no son estas lo importante. Importan más los hechos que muestran la fe en un Dios bueno, los testimonios de la confianza en Dios, la fraternidad vivida a diario. El evangelio del domingo nos presenta la llamada de Jesús como una Buena Noticia, universal y liberadora. Es universal porque pide a todos ganas de ser persona; quien quiera serlo, hallará que el Evangelio anima a ir por este camino de plenitud para la vida humana y solo pide ir por él. Y es liberadora porque arranca de nosotros todo cuanto pueda esclavizarnos o simplemente ser obstáculo o complicación inútil para la vida. Esto no dice que el seguimiento del Evangelio sea fácil: es exigente, pero lo que exige es lo que da la vida.
Es una desagradable sorpresa que, cuando se pregunta a algunas personas, estas digan que son católicos o creyentes pero no practicantes. Si se les preguntara qué entienden ellos por «practicantes», dirían sin dudarlo que son los «que van a misa los domingos o cumplen con determinadas normas formales de la Iglesia». Total, que no han entendido nada. ¿ Por qué? Porque no se puede ser creyente sin ser «practicante», ya que practicante es el que practica algo, y el que tiene fe, si la tiene, inevitablemente habrá de practicarla. En caso contrario, es que no tiene fe. Pero para que esto se entienda como se debe, hay que renovar el concepto de «practicante» porque la forma citada de entenderlo no se compagina con la vida de Jesús y su Evangelio. Quien se queda en cumplir puntualmente con unas formalidades externas (incluidas las hermosas oraciones que se recitan con la boca a un Dios perdido en la distancia), podrá ser un hombre religioso, pero no será un cristiano. Este es quien vive «prácticamente» las exigencias de su fe en cuanto de verdad interesa a los hombres: en la vida real, con todos sus detalles y singularidades. A ello nos lleva la parábola de este domingo. Un hijo dice «sí» a su padre, pero no cumple lo dicho; el otro contesta que «no», pero es quien cumple. El segundo hizo lo que el padre quería, aunque resultó, a primera vista, díscolo y desobediente. Y es que en el creyente de verdad no importa la palabra, sino el hacer. O mejor, el decir y el actuar de forma coincidente: traducir en obras lo que se dice.