Diario de León
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pEDRO TRAPIELLO
León

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Todo empezó cuando fue un alguacil y les abrió la puerta de atrás del patio dejando a la vista montoneras de cambalache amb tomàquet y las carboneras llenas de tres per cent a la buchaca (bien apilado para que entre más)... entonces, ante tanta evidencia puyolesa, aquella vieja fama de laboriosidad y honradez en tratos y cuartos que adornaba al catalán, aquella proverbial formalidad suya, quedó arruinada en el acto, vergüenzas al aire, deshonor... y lo peor: la certeza de que las más altas alturas de la alta catalanidad crearon escuela y dieron venia a todo su orbe. El espectáculo del mangue fue olímpico (qué menos teniendo un epicentro barcelonés’92) y no hubo seña identitaria, del Liceu al Palau, que no amaneciese pringada en leales y fabulosas corrupciones.

Entonces, entre ellos cuchichearon alarmados: ¡Espanya ens mira!... les estaban viendo como a todos, al fin, en la misma mierda... ¡pero es nuestra mierda!, atajó Mas... es decir, ¡saquen sus sucias manos de nuestras sucias instituciones!, diría Rufián.

Enfurece ver que le miren a uno estando en desnudeces... la primera reacción es culpar de mirar (?) al que mira y, además, de todo lo que se le ocurra en ese instante con tal de salir con alguna honrilla de la vergüenza... por eso les vino automáticamente la furia del que se ve sorprendido in franganti, esto es, la precipitada escurribanda hacia la independencia con un prusés hecho molino... de viento, la misma materia de la que iban a hacer un castell asín de alto para que vieran desde Bruselas, Escocia o Nuevayó la altura de una verdadera nación cuando se pina.

Pero no hay mayor decepción de casteller que ver derrumbarse su castell en la final del certamen, justo cuando una nenita con casco, empoderada de nación joven y escalando para poner broche y triunfo en la pica, malogra su apoyo y precipita el derrumbe de la torre humana... buaaahhh... castillo de carne en montón de ruina. Un sentimiento parecido vive el independentismo en esta hora oscura, mientras el jefe de castellers, fugado y cómico, anima desde mil kilómetros a los tristes: «Pit i collons»... qué gracia.

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