Día del menor y del maestro
E l día 20 de noviembre, al margen de otros aniversarios y recuerdos, es el día del ‘Menor’ y el 27 del mismo mes, celebraremos también el día del ‘Maestro’. Permítanme los amables lectores que hoy mi reflexión y recuerdo fusione ambas fechas, por lo que tienen de conexión mutua: no hay hijo sin padre/madre, ni maestro sin discípulos.
Estas fechas recordatorio tienen, entre otras, la misión pedagógica de animar a todo el colectivo humano al que se refiere la efeméride. Para ayudar de verdad a los hijos, antes hemos de educar, apoyar, alentar a los padres, a toda la familia, entendida ésta en su más amplio sentido y significado. De igual modo y manera, y con la misma intensidad y preocupación, para proteger a los niños y niñas, porque son nuestro presente y nuestro preciado futuro, hemos de cuidar mucho, muchísimo, a sus educadores, profesores y maestros-maestras.
Lo que una madre o un padre enseñan a sus hijos desde que los traen al mundo, al igual que lo que una maestra o maestro inculcan en sus jóvenes discípulos, tiene una fuerza, una impronta tan profunda que troquela sus inteligencias, sus esquemas de valores vitales, su vida futura, y eso es de tal responsabilidad, para bien o para mal, que nadie debería olvidarlo. ¿Lo han valorado adecuadamente los políticos que han transferido todas las competencias educativas en manos de algunos «incompetentes e irresponsables»? ¡Maestros y maestras, aún confiamos a nuestros hijos y nietos en vuestra responsabilidad y buena ética profesional, por favor, no nos defraudéis!
Pero ¿cómo se logra la mejor protección y cuidado que les debemos asegurar? Ante todo, reconociendo y valorando la nada fácil tarea asignada a todo profesional del magisterio y de la educación escolar, porque el desgaste humano-emocional de cualquiera que ejerza responsablemente el magisterio, (no así el puro asalariado cuyo único certificado sea el diploma de enseñante), es extremadamente elevado y necesita para recargar a diario sus baterías, mucho apoyo, mucho respeto, mucha cercanía, tanto de la sociedad en general como de la Administración educativa y del colectivo de padres/madres (Ampas).
Sin estos apoyos morales, los estamos condenando a ellos y a nuestros hijos pequeños y a nuestros adolescentes al fracaso. Ya los latinos decían: «quos Jupiter odit, damnat ad pueros», lo que traducido en román paladino sería algo así como: «a los que Júpiter quiere castigar, los condena a tratar con niños». ¡Menudo trabajo! Pero hemos de decir, quienes conocemos por experiencia el tema, que esa trascendental tarea sólo se convierte en pesada carga y hasta en castigo, si uno se queda solo ante el peligro. La soledad cuartea hasta al más fuerte. No podemos dejarlos solos ni desprotegidos.
Quienquiera que conozca en profundidad esta profesión y la historia de la misma en los últimos 40 años, sabe el despiste social y cierto abandono de la Administración respecto al colectivo en cuyas manos ponemos nuestros menores y su educación, su formación y su instrucción (¡tres conceptos complementarios, que no son exactamente sinónimos!). Así no podemos esperar grandes éxitos y sí se pueden presagiar graves fracasos. Cuidado, pues, que el tema es muy serio. Lamentablemente, cuando desconocemos o solo conocemos superficialmente a una persona o a un colectivo como es el de educadores y docentes, les calificamos frecuentemente con estereotipos poco apropiados, a veces despectivos y hasta de conmiseración, olvidando que son profesionales de una valía incalculable y sin ellos la humanidad recularía a la prehistoria.
Cuando yo era niño, en los años 40 y 50 del pasado siglo, a los maestros y maestras se les guardaba un respeto absoluto; ellos eran para todos, jóvenes y mayores, una verdadera autoridad, una luz en medio de la oscuridad y mucho más en las áreas rurales; pero también sabíamos, hasta los más pequeños, porque así nos lo decían nuestros padres y los mismos abuelos, lo poco que cobraban nuestros maestros. Eran tiempos de pobreza generalizada en todo el país y, en lenguaje popular se decía: «pasar más hambre que un maestrescuela». Sus sueldos eran muy escasos, pero la sociedad suplementaba su moral mediante el cariño y el respeto, moneda que hoy parece haberse devaluado, o escasea en demasía.
Sí, nuestra sociedad ingrata, sabedora de lo poco valorados que están los profesionales de la educación, además, les ha perdido el respeto debido, el respeto necesario; esto es gravísimo porque tal actitud globalizada, acaba minando la autoestima de la mayoría del colectivo, y sin moral alta y autoestima suficiente no se puede aguantar y menos rendir adecuadamente en un trabajo, que exige entrega e ilusión. Decir de ellos que sólo trabajan ocho horas y tienen muchas vacaciones, es desconocer su realidad laboral y el desgaste humano de todos y cada uno de ellos.
Propiciar un vuelco, siempre lento, en la valoración de educadores y docentes está en nuestras manos, mediante el cambio de nuestras actitudes, las de cada uno, las de la Administración, las de la sociedad de la que todos formamos parte; pues aunque no nos paremos a pensarlo, sí esperamos ilusamente que «alguien anónimo», la Junta, El Estado o un dios especial, vendrá a arreglar lo que es responsabilidad de todos nosotros, como individuos y como parte de la sociedad.
Yo quiero decirles hoy a los maestros, a las maestras, y a los docentes en general que no están solos, que les agradecemos sinceramente su trabajo ilusionado de cada día en las aulas, su trabajo invisible y no valorado adecuadamente, que cada uno se lleva a su casa después del horario académico para poder responder al día siguiente ante los niños, adolescentes y jóvenes en sus clases. Sin vuestro trabajo bien hecho, esta sociedad nuestra se empobrecería hasta la degradación. Por favor, no tiréis la toalla, no dejéis que el desaliento se apodere de vuestro ánimo, porque nuestros retoños, niños, niñas, adolescentes y jóvenes os necesitan y algún día ellos, que tanto os hacen sudar y, a veces, sufrir, os lo agradecerán con creces. Y, aunque vuestro trabajo no tiene precio, sí deberíamos todos hacer un esfuerzo para que se mejoren vuestros haberes y vuestra reputación social.
Maestros y Maestras, el día 20 felicitad de forma especial a vuestro alumnado y el día 27 que ellos os den un abrazo y su mejor sonrisa, como agradecimiento a vuestra impagable labor. Yo, desde estas líneas, manifiesto mi mayor respeto hacia todos y cada uno de cuantos componéis el colectivo educativo-docente y, en primer lugar, a cuantos me enseñaron de niño a leer, escribir y a ser un buen ciudadano. Ellos y vosotros merecéis nuestra gratitud. En nombre de los menores, que fuimos, y de los adultos, que somos: ¡Feliz día, maestras, maestros, educadores, docentes, niños y niñas de toda la provincia!