«Cuando me robaron a mi hija, me mataron viva»
Víctima de trata, quiso morir cuando le quitaron a su hija. Se tiró por una ventana, quedó parapléjica y perdió un brazo. Cilene Domingues, que vive desde hace diez años en el CRE de San Andrés, es una de las mujeres que motivaron la Operación Bebé en 2009. El Supremo dio carpetazo al caso hace un mes

Cilene Domingues vive en el CRE de San Andrés desde hace diez años. SECUNDINO PÉREZ
Hasta que se arrojó desde una altura equivalente a ocho pisos en un hospital gallego, la historia de Cilene Domingues era muy parecida a la de la mayoría de las víctimas que llegan a España para ser explotadas en la prostitución.
Brasileña de Sao Paulo, nacida en un barrio muy humilde, empezó a trabajar de limpiadora con su madre cuando contaba apenas seis años de edad. Luego vendió gambas en la playa y a los 15 era secretaria. «Estudié en la calle», responde a la pregunta de cuándo iba a la escuela.
Con el tiempo se convirtió en una experta en eventos y su último trabajo fue en el departamento de márketing de un colegio americano en Sao Paulo. Un día le ofrecieron viajar a España y pensó que era una oportunidad. «Sabía que venía a la prostitución, pero pensé que sería algo pasajero. En tiempos de guerra no se eligen armas», afirma.
Había enviudado y tenía dos hijos que sacar adelante, el menor con parálisis cerebral. Su madre se quedó al cargo de los muchachos mientras ella confió en mejorar su vida en España. Sin embargo, pagar los 3.800 euros de deuda que contrajo con la mafia que realizó la operación se convirtió en una trampa para continuar durante más de cuatro años vendiendo su cuerpo en burdeles gallegos. Asegura que «las negras (por las africanas) lo tienen mucho peor, su deuda alcanza los 30.000 euros y encima sus familias están amenazadas de muerte si se escapan o no pagan», apostilla.
Las víctimas de trata africanas «lo tienen más difícil porque hay mucha competencia: colombianas, ucranianas, rumanas, brasileñas... todas muy guapas y a las negras a veces no las quieren, porque hay racismo», añade.
En un burdel, las mujeres pagan alrededor de un 25% del precio por servicio —media de 40 euros— por los gastos de alojamiento. De ese dinero tienen que ir sacando para la deuda, para sus gastos y para enviar a su casa. Nunca se ha calculado qué parte de las remesas que salen de España a estos países proceden de la prostitución.
Cilene, que está viuda, dejó en su país a dos hijos «estupendos», aunque nunca ha vuelto a ver desde que salió rumbo a España. Tampoco estaba en sus planes ser madre de nuevo. Pero un día sucedió con un cliente al que no le exigió usar condón.
En cuanto supo que estaba encinta dejó la prostitución. Se dedicaba a vender copas y sus compañeras le ayudaban con zumos y otros complementos alimenticios. A los seis meses de embarazo ya no podía estar ni siquiera en la barra y pidió ayuda en una casa de acogida de Lugo regentada por unas monjas. «La conocía porque había pasado una noche allí cuando me cogieron como testigo protegida tras escapar de la mafia en Málaga», explica.
Cilene y otras compañeras denunciaron a los dueños de un burdel que también «traficaban con medicamentos». Ellas fueron detenidas en la redada y les abrieron un expediente de expulsión. Se lo levantaron cuando se prestaron a colaborar con la Policía. Pero nunca fueron llamadas a declarar a juicio.
Cuando se enfrentó a la idea de que tenía que parir fuera del club, buscó refugio en la casa para pasar los últimos meses del embarazo. Y recurrió a las monjas que ya conocía. El 25 de junio de 2006 dio a luz. Fue un parto difícil, aunque la niña nació sana y fuerte con 3,2 kilos de peso. Recuerda que tomaba leche y espinacas para recuperarse pero acabó con una depresión posparto y se vio indefensa ante la situación. «Fue un horror, los niños también lo pasaron mal en aquella casa», apostilla.
A partir de ese momento ya no fue dueña de su vida. «Actuaron con mala fe, yo estaba enferma y no tenía los papeles del nacimiento de la niña», a la que había puesto el nombre de Laura Kiara, el primero porque era el que más le gustaba y el segundo en homenaje a la hija del rey león. Su hija, recuerda, «maullaba como un gato» cuando llegó al mundo.
Se vio incapaz de marcharse con su hija de aquel lugar. No había pasado un mes del nacimiento de la niña cuando le pusieron delante un papel de la adopción, consintió y puso su firma. «Fue una situación de fuerza mayor», afirma.
Ahí empezaron las irregularidades que se investigaron en la Operación Bebé, archivada por el Tribunal Supremo hace apenas un mes después de que hiciera lo propio la Audiencia Provincial de Lugo, que llegó a encausar a dos religiosas y otras veinte personas sospechosas de estar implicadas.
Cilene está convencida de que «hubo complicidad entre las monjas y la Xunta de Galicia» para tramitar las adopciones de sus criaturas con métodos que aunque no se ha demostrado que fueran ilegales para ella todo fue producto de la mala situación en la que se encontraba. Lamenta que en lugar de darle apoyo y protección para la niña se la arrebataran. «Yo firmé una vez pero hay un tiempo para recapacitar», asegura.
Después del varapalo de la justicia no tiene esperanza en recuperar a su hija. Ni tampoco se ve en condiciones de asumir su cuidado: «Yo sé que está bien, que fue adoptada por una familia española. Yo estoy discapacitada y parece completamente absurdo que ahora que tiene 11 años me la devolvieran. Sería una utopía y tiene a su padre y a su madre», argumenta.
La sinceridad con la que habla no disminuye su dolor. Las lágrimas brotan sobre sus ojos verdes cuando recuerda aquellos días en los que quiso poner fin a su vida tras perder a su hija mientras estaba sumida en una depresión y débil por toda la sangre que perdió en el parto.
La historia de Cilene Domingues podría ser la de cualquier otra mujer víctima de trata. La tragedia que supone ser traficada y tener que prostituirse no sería tal para ella si no hubiera perdido a Laura Kiria. «Cuando me robaron a mi hija, me mataron viva», afirma. La niña tenía solo un mes de vida. Lo que vino después fue «un infierno».
Un día se arrojó desde una altura de unos 20 metros, el equivalente a un octavo piso, por una ventana de un hospital de Pontevedra. «Yo no tendría que estar aquí, pero tengo mala pata con la muerte», señala. Quedó parapléjica y perdió el brazo izquierdo. Se mueve en una silla de ruedas eléctrica y se maneja con la mano derecha para comer, fumar y lavarse la cara. Poco más. Necesita ayuda para todas las actividades de la vida diaria.
Está diagnosticada y medicada por trastorno bipolar con seguimiento psiquiátrico. «Me dicen que estoy estable», señala. En su estado actual no se ve de regreso a Brasil y cree sus hijos tampoco se adaptarían a España. Se conforma con saber que están bien y hablar con ellos de vez en cuando por WhatsApp.
En los días mejores se ve con capacidades para desempeñar un trabajo, como telefonista o similar. «Si consiguiera un empleo estaría contenta», afirma. Desde hace diez años, Cilene Domingues vive en el CRE de San Andrés del Rabanedo. Es como su casa y le gustaría quedarse en León, aunque sobre ella pende la norma del centro de reubicar a todas las personas en otros dispositivos.
A la vida «no le pido mucho: que me deje en paz hasta la muerte, y quedarme en León, aquí estamos de paso. Pese a todo su sufrimiento, se siente agradecida de haber conocido a «personas maravillosas» como el párroco de la Anunciata, Luis Flórez, que «a veces me visita y me ha ayudado en todos los sentidos. Ponlo en tu artículo», solicita. Cilene se confiesa creyente católica. «Fui puta, pero pienso que Cristo me ha perdonado», afirma