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Liturgia dominical Jesús Miguel Martín Ortega
León

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A dmiramos nuestras catedrales por los numerosos tesoros que esconden; uno de los que más nos sorprende es su tiempo de construcción: el hecho de que los primeros canteros, escultores y arquitectos que comenzaron la obra, sabían perfectamente que ni ellos, ni sus hijos, ni sus nietos, las verían acabadas. Esto hoy sería imposible. Nuestra mentalidad busca lo inmediato, los resultados logrados en poco tiempo; nos cuesta plantar un árbol para que otros se aprovechen de sus frutos.

Aún hay quien considera la fe como un medio inútil, un modo de evasión o una forma de eludir el compromiso con las cosas de este mundo. Sin embargo, la fe sin obras ni incidencia en la realidad a la que aluden, no es propiamente fe. La Sagrada Escritura los afirma con toda claridad: «la fe sin obras está muerta» (St 2,17). Efectivamente, lo que se espera de toda persona es que ponga por obra todo aquello que cree, espera y anhela, en bien propio y de los demás. Sin caer en maniqueísmos, distinguimos entre quienes hablan, sueñan y prometen demasiadas cosas pero jamás arriman el hombro en nada, de aquellos que calladamente, sin discursos ni verborreas, ponen ilusión y trabajo para que las cosas se vayan consiguiendo.

Hay que dar fruto; es necesario pasar de las palabras a los hechos. Se lo exigimos a la sociedad, a los políticos, a los dirigentes; hay que pedirlo también a los creyentes. Cierto que en el ámbito religioso hay una condición previa para que nuestras obras fructifiquen. El Señor nos dice que sin Él no podemos hacer nada. Aquí está la clave de la eficacia de nuestro obrar: no en nuestro esfuerzo autosuficiente, sino en nuestra permanencia en Él. No basta, pues, hacer por hacer; es necesario obrar con «entusiasmo», en su sentido etimológico («en-theos», en Dios). Jesús mismo nos explica esta realidad con una bella imagen: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

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