Diario de León
Publicado por
GARCÍA TRAPIELLO
León

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No han pasado cincuenta años y ya parece cosa de un pasado lejano, tridentino, casi impensable en tiempos tan recientes. Era un papel cuartilla con mucha letra ceremoniosa. Lo había en toda casa. Se compraba cada año. Era la «bula de cruzada» que había que pagar para librarse de la obligación de ayunar y no comer carne en Cuaresma... y al carajo bendito la abstinencia. Aquella bula tenía un carácter sagrado para la abuela que la guardaba en el cajón de los papeles de la cómoda o lo plegaba y embuchaba en su misal o devocionario como quien lleva un salvoconducto a la gloria eludiendo la garita del confesor o las objeciones del portero celestial; porque, cuidado, te jugabas nada menos que un pecado mortal, ese pecado gordo que te lleva directito al Infierno: «Los diocesanos que no tomen la bula y su indulto pecan mortalmente si no observan la vigilia todos los viernes del año, guardan ayuno todos los días de Cuaresma, y abstinencia con ayuno el miércoles de ceniza y todos los viernes y sábados de Cuaresma», señalaban las normas de los obispos españoles en 1950.

Y para dejar clara esa importancia sólo hay que ver el lenguaje ceremonioso utilizado por la autoridad ya al encabezar esa bula: «Nos, DOCTOR DON ENRIQUE, del Título de San Pedro in Montorio, Presbítero de la Santa Iglesia Romana Cardenal PLA Y DENIEL, por la misericordia divina Arzobispo Metropolitano de Toledo, Primado de las Españas y Comisario General Apostólico de la Bula de Cruzada»... (este cardenal -catalán y franquista- no le caía nada bien a un dominico culto de Caleruega que se burlaba de su baja estatura al no llamarle arzobispo metropolitano, sino centimetropolitano).

Y tocaba a bula por barba; sólo libraban los menores de 7 años de la familia. En 1954 costaba 1 peseta; al desaparecer en 1966, 100; eso es progreso. Conservo un taco de esas bulas tal cual salieron de imprenta, intactas. Una vez suprimidas, mi tío César las usaba para escribir sus homilías en el envés cuando reciclar todavía no era verbo.

En fin, las bulas parieron a Lutero, Roma no oyó y hasta anteayer duraron.

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