León

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El viernes podría haber nuevo presidente. Pero no. Será la segunda moción de censura de la legislatura y se convertirá en el lance definitivo para saber qué ocurrirá en España en los próximos veinte años. La única que ha demostrado astucia política es la presidenta de las Cortes. Ana Pastor ha actuado con sagacidad dejando a Pedro Sánchez sin tiempo para negociar y al racismo independentista sin capacidad para chantajear, una vez más, al Estado.

El PNV ha conseguido demasiado para perderlo todo antes de que el Senado ratifique la próxima semana los miles de millones arrancados para el cupo.

Así que el líder del PSOE perderá de nuevo. La primera timba fracasó por el tacticismo inútil de Iglesias, pero esta vez, Sánchez no ha necesitado a nadie para pegarse un tiro en el pie. Podría haber hecho como el Madrid y aprovechar el gol en propia puerta del nuevo representante de la burguesía —un empresario me decía el otro día que lo bueno del chalet de Pablo e Irene es que ya se puede confiar en ellos; saquen sus conclusiones— para reivindicarse como la izquierda auténtica, pero ha preferido subirse a la cresta de una ola que estaba truncada de antemano.

No nos lo merecemos. Hay demasiados proxenetas para unas putas cada vez más viejas y cansadas. Necesitamos un nuevo pacto porque la sociedad ya no es la misma, una izquierda sin complejos y una derecha sin hipotecas con el pasado.

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Ayer, las autoridades turcas informaron al Gobierno de que la pierna de unos de los militares del Yak estaba enterrada en un cementerio otomano. Es una nueva muestra de la soberbia y el desprecio que el ministro demostró hacia los militares que juró defender. Su premio fue una Embajada en Londres. No es eso, pero nunca debió serlo. Cuando gobiernas de espaldas a la gente, a la democracia, por lo tanto, debes contar con que los espectros del pasado volverán. No vale con echar tierra encima. Hasta aquí llegó el régimen de 1978. Tras las próximas elecciones, seremos otros.