La fiebre del oro que se llamaba wolfram
Ramón Cela recoge en un libro la historia de la explotación de la Peña del Seo de 1940 a 1945 «Llegaron a trabajar hasta 1.000 personas y hubo diez muertos. Nadie pagó por ellos»
Una de las fotografías de la Peña del Seo que ilustran el libro del villafranquino. RAMÓN CELA
El secreto del wolframio es que es se funde a partir de los 4.400 grados centígrados. Una temperatura que quintuplica a otros metales, como el hierro, que es estable hasta los 900 grados. El wolframio, escaso en la corteza terrestre, se convirtió de este modo en un metal estratégico y codiciado durante la II Guerra Mundial.
No había cañones más resistentes que los fabricados con ña aleación de wolframio y otros metales. Entre los dos bandos, la Alemania nazi tomó la delantera en este campo. Controló desde el principio las minas de Casayo, en Orense, Galicia, y Panasqueira, en el sureste de Portugal. Cuando en 1942 se descubre que en la Peña del Seo, que se erige en el municipio berciano de Corullón, hay wolframio la fiebre del oro se apoderó de la comarca. «La fiebre del oro del Bierzo no fue el carbón, sino el wolfram», puntualiza. La historia de aquellos años la acaba de escribir el fotógrafo y escritor villafranquino Ramón Cela López, que después de 20 años de excavar en la memoria de este lugar mítico y fantasmal, presenta mañana en la sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés (20.00 horas) su libro Breves historias del wolfram (1940-1945).
En la peña del Seo, afirma, «llegaron a trabajar hasta mil personas día y noche y murieron al menos diez trabajadores. Nadie pagó por ellos. Es algo estremecedor», afirma. Cela vivió aquella fiebre del oro en primera persona, siendo un chaval.
En aquellos tiempos de la posguerra española la explotación del mineral era furtiva. Se cruzaban en la montaña «cuadrillas de muchachos con patrullas de la Guardia Civil, todo el mundo trapicheaba porque la gente quería comer y los guardias andaban con la ropa rota», señala.
De aquellos años, los que coinciden con la contienda mundial, vienen dichos célebres como «cuidado con los de Quilós que ‘de un faen dos’». Cuenta Ramón Cela que tenían fama los de este pueblo de subir a la peña con unos petardos de dinamita y ponérselos a alguno de los que arrascaba el preciado metal dicéndole, más o menos: «Te ibas ya, ¿no?». Como para no irse.
La explotación anárquica y futirva del wolfram coincide con aquellos años de la contienda mundial. La fiebre del oro afectaba a todas las capas de la sociedad pues la guerra civil no había dejado más que muerte y miseria en el solar español.
La tonelada de wolfram se llegó a pagar a 285.000 pesetas debido a lo estratégico que resultaba controlar los yacimientos. Esto motivó que el wolfram moviera algo más que dinero. Entre las historias que rescata Ramón Cela en su libro figura la del espía inglés que murió por culpa del wolfram. Se trata del actor Leslie Howard, que participó en películas como La Pimpinela Escarlata y Lo que el viento se llevó y perteneció al MI1, el servicio de espionaje británico. «Murió el 1 de julio de 1943 arrojándose al mar cuando estaba a punto de ser capturado por los alemanes», explica Cela. Participaba en una misión secreta cuyo objetivo era convencer a España y a Portugal para que les entregaran la producción de wolframio de sus minas. No pudo ser. Pero Hitler tampoco ganó la guerra, pese a la gran ayuda que supuso el wolframio en el desarrollo de la industria armamentística del III Reich.
«Yo viví todo aquello desde principio a fin», señala Ramón Cela. Ha dedicado 20 años de su vida a excavar en la memoria de la peña del Seo cuya vida se prolongaría más allá de 1945 con una explotación regular del wolframio y la consolidación hasta los años 50 de un poblado singular, hoy vacío. Pero esa es otra historia.