El baile del ahorcado
Una granja de pederastas
Les ponían una medalla para que el resto supiera que esos niños ya habían sido objeto de abusos, que cuantos quisieran seguir la senda de las violaciones tenían el camino abierto, que esos menores eran terreno abonado para las vejaciones. Hay más de mil casos documentados en Pensilvania, pero los jueces están seguros de que fueron muchos más. Dirán que los hombres —y las mujeres— pecan pero ese no es el problema. El horror es que no se hizo nada para evitarlo, que todos lo sabían y prefirieron proteger a los criminales, que violar a los niños ha salido gratis en la Iglesia. Los colegios y seminarios han sido granjas de infanticidas porque hay más maneras de matar que matando, porque la muerte puede convertirse en una esperanza para los millones que viven con la moviola del terror como único horizonte. Decir horror es poco para describir lo que ha ocurrido, lo que seguro que sigue ocurriendo.
¿Alguien es tan inocente para creer que este ‘fenómeno’ no tuvo parada en León? Ahí sigue José Manuel Ramos Gordón, el cura pederasta de La Bañeza a quien el Obispado de Astorga montó una ceremonia de despedida para agradecerle los servicios prestados. La diferencia entre su caso y el resto es que hay un océano de información que aún no ha salido a la luz, que hay niños que siguen sin atreverse a denunciar. ¿Para qué? Vivimos en un país en el que todo prescribe. Hasta en eso tiene la Iglesia Católica derecho de pernada, que siempre es más importante el pecador que la víctima, no digamos si el que falta al noveno mandamiento es un ministro de Dios. No hay tiempo. De verdad, no lo hay. No se puede cometer un genocidio y pensar que las cosas seguirán como si nada, que la gente no se cansará de oir siempre la misma letanía, que se puede utilizar la Cruz para forzar a un niño a practicar sexo anal.
Arderéis en el infierno, si es que ese lugar del que os habéis servido para alcanzar más cotas de poder existe de verdad, pero espero que antes de eso las cosas cambien y el tiempo que os quede lo paséis mortificados por el recuerdo hecho carne en alguna cárcel española.