CORNADA DE LOBO
Hasta el prepucio
Mean los ángeles agua bendita; sudan las vírgenes rubíes (en Sanlúcar hay una Virgen del Sudor y mujeres que se llaman así, Sudor, Sudó le disen); sangran perlas rojas los cristos de palo policromado junto a cera de la que arde; crecen pelos y uñas a los crucificados de Castrojeriz... y lloran orujo los santos borrachines.
Así fue siempre. ¿Y ahora? También. Ahí está el «Tesoro de San Isidoro» convertido en caja de Pandora, pues no sólo salen griales autentiquísimos, sino también «trozos de la cuna-pesebre del Niño Jesús y maderas de la mesa de la Última Cena», donde se comió pescado asado y miel (¿no fueron lentejas?), según la investigadora que ha estudiado dos años estas reliquias al amparo del CSIC -fondos públicos- pidiendo alargar faena otros cuatro años más (¡cuán lento y arduo es el hurgar en los divinos misterios!)... y también hay ahí una piedra del Monte de los Olivos desde la que salió proyectado Jesús en su gloriosa Ascensión.
Y nosotros, sin enterarnos.
Los portentos y las reliquias se idearon para fortalecer la fe, supongo, pero acabaron pronto haciendo caja y multiplicándose en inventos y fantasías: leche de la Virgen (en la catedral de Oviedo), plumas de arcángel (por doquier), huevos del Espíritu Santo, la cola del burro en el que entró Jesús en Jerusalén... y hasta el prepucio del Niño Jesús que fue venerado a la vez en diecisiete templos de la cristiandad, uno aquí cerca, en las franciscanas de Grajal, y otro en Compostela.
La fe ciega comulga siempre con toda rueda de molino que le abra puertas en un Cielo que compense esta vida perra y la sed de justicia. ¡Cómo no creer el pobre en milagros y vidas perdurables... o loterías!, a la fuerza. ¿Y no es cierto lo que berraba aquella copla irreverente de mi tiempo estudiantil: «Hayquever-hayquever las tragaderas que tienen las católicas de veras»?...
Última pregunta: ¿a qué aspira ese gasto investigador sobre unas reliquias que son indiscutiblemente un fraude bendito? Pues bien claro: «a ponerlas en valor», que es lo se dice ahora exactamente igual que lo dijo hace siglos el que las inventó... y doña Urraca.