Buscar lo principal
L as sociedades postmodernas buscan controlarlo todo, quizás porque no se fían de que el individuo pueda y sepa dirigir su propia vida. Por eso, crean leyes y más leyes. Se necesitan determinaciones legales para todo, hasta para aquello que le corresponde al sentido común. Lo curioso es que el derecho positivo y la ética aparecen en relación inversa: a legislaciones más profusas y detalladas, una moral más exigua y ramplona.
La inflación de leyes que sufrimos genera no pocos problemas. Uno de ellos está en el desconocimiento de la legislación. Hay tantas leyes que, si no somos expertos en la materia, las desconocemos. Otro problema está en la confusión respecto al valor de las mismas; así, leyes fundamentales se confunden con otras de carácter parcial o transitorio. En ese mare magnum hay que preguntarse qué es lo principal y primero.
Esa situación es la que nos presenta el evangelio según san Marcos, que se proclama este domingo: ante la abundancia de leyes que regulaban la relación con Dios (613 leyes complementarias: 248 mandatos y 365 prohibiciones), se hacía necesario distinguir lo esencial de lo secundario. La pregunta es pertinente: «¿Qué mandamiento es el primero de todos? A esta pregunta, Jesucristo va a responder con una afirmación que revolucionará el orden ético y religioso. Une la ley más conocida y guardada, recogida en el Libro del Deuteronomio (Dt 6,4ss.), el «shema Israel»(«Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser») con otro mandamiento; y aquí está lo novedoso y revolucionario: une un mandato recogido en el Libro del Levítico: «No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18).
Si buscas lo principal y aprecias la luz que brota de estas dos leyes capitales, el Señor pensó en ti al decir: «No estás lejos del reino de Dios».