Diario de León
Cristina Fanjul
León

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Cuando era pequeña me repetían la cantinela de que lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie. La frase no es más que una manera fácil de enseñar empatía a los niños, destreza que se aprende con la vida, como todas las demás, aunque hay gente y gente. Conozco acémilas por las que parece que la vida no ha pasado, o traspasado, y los hay tan permeables que son capaces de ponerse en los zapatos de cualquiera que se cruce por su vida. Al final, a cuantos más ojos nos asomamos en nuestro viaje por el mundo, menos ocupados estamos en nuestras pequeñas miserias. La empatía crece como una enredadera emocional, pero al contrario también funciona y provoca un ensimismamiento difícil de gestionar.

Que con una mano se vote por acabar con las ofensas a la Corona mientras la otra corre presta a presentar una querella por un poema satírico es muy indicativo del tipo de persona que somos. Todos tenemos derecho a ofendernos, pero la templanza debería guiar los pasos de quienes exigen a los demás invertir el honor herido en la acción de la democracia. 

La hipocresía es una tara que todos compartimos. Todos engañamos, un verbo que en el caso que nos ocupa se utiliza también de manera reflexiva. Sí, a veces no somos conscientes de lo poco que respetamos la libertad de expresión hasta que nos convertimos en protagonistas del ‘gracejo’ de otros. Queda bien para la foto indignarse porque un juez censure una portada sicalíptica con los reyes como protagonistas, pero exigimos que rescaten nuestro honor cuando la burla erótica se apoya sobre nuestra intimidad. 

Esto no puede llamarse contradicción. Hay que respetar las palabras para no convertirnos en rehenes de las que sobre nosotros vierten los demás. Contradicción es San Manuel Bueno, mártir, porque la contradicción supone tortura interior, una pelea real y dolorosa, un prurito espiritual que te hace cargar con el sentimiento de culpa o de vacío. Lo de Irene Montero es, simplemente, desvergüenza, jeta, si quieren que lo diga en argot. No es el primer absurdo que denota la ausencia de coherencia, de fidelidad a unas ideas que obligan a mantener rectitud ética y que llevan al bochorno.

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