CORNADA DE LOBO
En Adonías
Murió Adonías del Pozo y hubo luto en las tarteras de la tradición porque junto a sus hermanos Pin y Cesáreo formaba las patas de un banco hostelero (sólido escaño) de excelsa cocina popular, banco cuya primera y cuarta pata fue su padre, el abuelo cabeza de saga que fijó su primera barra, mantel y fogón junto a la iglesia de Santa Ana... tan cerca del viejo mercado de ganados, que parecía que cada feria se celebraba en sus mesas y apostaderos, pues todo tratante o feriante llegado de la ruralidad leonesa tenía que comparecer allí como si fuera la oficina o templo donde obligatoriamente se rezaba o cerraba el buen trato... y porque allí se sentían «de casa», tratados con respetuosa llaneza jovial por la nobleza rústica de un mesonero que sabía dónde iba sin olvidar de dónde venía, ese alfoz de Las Regueras que fue academia de prados, cuadras y corrales en los que crecían las carnes y hortalizas que salían doctoradas después de sus cazuelas, producto rotundo sin la componenda que ya entonces se iba instalando en la hostelería a rebufo. Y lo mismo Adonías, que hace cuarenta años abrió su propio establecimiento en la calle Santa Nonia como un santuario culinario para perpetuar sabores, afinar recetarios y devolver al paladar conocedor su relación con la historia y con la tierra en un ambiente de cálida decoración rústica que hoy sigue invitando a alargar el regusto y la sobremesa por sentirse en casa el comensal, todo eso que le ha permitido no perder nunca su «actualidad», aunque alguna nueva hostelería leonesa se vaya de «picos largos» (falda que distinguía a las putas del Siglo de Oro) o crea que una cacareada capitalidad gastronómica le ataría su perro con longanizas.
Y ese sello de cocina honrada y afinada lo perpetúan hoy en «Adonías» sus hijos Miguelángel entre fogones y Nardi entre mesas para que, así, un genuino rincón leonés siga siendo reconocido baluarte que no rinde pabellón a modas o postureos, especialmente cuando su restauración ya es la única de los tres Pozos que sigue abriendo sus puertas sin que sus cuarenta años aviejen su diaria novedad.