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El baile del ahorcado Cristina Fanjul
León

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Hemos aterrizado en el siglo que nos promete transhumanismo con la mirada puesta en el atavismo difícil de entender. Un bebé ha muerto porque su madre ha preferido parir según los dictados del instinto animal en lugar de acudir a un hospital. El resultado de esta partida entre la prehistoria y el desarrollo ha sido una vida menos. La época del new age es un supermercado en el que una población infantilizada compra las cadenas a las que nos obligaba la miseria y el atraso. ¡Tengo derecho a alumbrar como un animal!, dicen las nuevas Moisés de la maternidad fetén, las mismas que te lapidan por ir contra la liga de la leche. El 90% de las mujeres del mundo no tiene otra opción que dar a luz como ordenó el dios del Antiguo Testamento. Frente a ellas, se levantan las sacerdotisas de este nuevo orden que, como una institutriz arrogante, predican el regreso a las esencias, la vuelta a la naturaleza y al ‘parirás con dolor’. Las ‘Rousseau’ de este particular pacto social consideran los avances médicos —la cesárea o la epidural son tan sólo un ejemplo— una instrumentalización del cuerpo de la mujer que nos vacía de una de las conquistas esenciales de nuestra condición como ser humano: el derecho a no sufrir.

Reconozco que hay algo en todo lo que rodea al primitivismo que seduce. Nuestro instinto animal nos obliga a mirar hacia atrás, a buscar en ese lado salvaje que apenas acabamos de abandonar y cuya huella tardaremos en olvidar. Pero comprar la mercancía de todas estas pseudoloquesea que nos venden sólo demuestra irresponsabilidad. El parto no es nuestro. Eso es un slogan tan barato como el que asegura que la maternidad es connatural a llevar vagina, que una mujer sin hijos es una frustración vital.

Todo este supermercado de supercherías es una nueva manera de encadenar la libertad individual y, en este caso, de poner en riesgo la vida de un niño y de su madre. El parto no es nuestro (no sólo), es un acto compartido en el que, al menos por ahora, hay más implicados. Un médico no trata de instrumentalizar el cuerpo de una mujer. La ideología, siempre lo hace.

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