CORNADA DE LOBO
Ella en zapatillas
Saltaba a la vista que esa mujer era lo que antes se denominaba «una señora distinguida» (halago que espera toda fémina para no sentirse del montón o medianeja)... su aire, su estampa, su voz, su calmado moverse, su aversión a la estridencia... aquella distinción... y aquella nube blanca siempre cardada que peinaba y abrigaba su afinado rostro de mirada azul-frígido, algo gata. Y aquella resistencia.
A ciertas mujeres no les caía bien Felicidad Blanc (y Bergnes de las Casas)... por sus aires, sus distancias, su papelón de personaje herido de novela romántica, sus cuentos con sablazo o sus lástimas de viuda resentida que convierte su recuerdo conyugal en «gran lanzada a moro muerto»... aunque algo de envidia sí latía ahí también... y un mal gesto si venía alguien destacándoles de Felicidad algo de admirar... por ejemplo, su tenaz persistencia como cabeza de familia en mantener la compostura y una difícil dignidad cuando el marido muerto no dejó pensión alguna y los tres hijos ensayaban sus universos erráticos o caóticos. Tuvo que buscar empleo. Se lo dieron en el Palacio de Congresos de asesora de protocolos, pero como su contrato era de ordenanza acabó un ministro poniéndola en garita con falda de tablas y uniforme. Así la vio el viejo amigo, un Octavio Paz que fue allí a un acto solemne, ¡qué alegría verte, Felicidad!... y ella se tragó doscientas lágrimas.
Su hijo mayor se independizó, pero Leopoldo y Michi seguían viviendo a su sombra y expensas. Hubo de vender alhajas, cosas o malbaratar textos del poeta; y más aún al irse Felicidad a Irún para estar cerca del hijo Leopoldo ingresado de gratis en el psiquiátrico de Mondragón («los viernes le dan permiso, me decía, llega al piso, deja malhumorado la bolsa, se va de bares y ya sé que a las tres de la mañana estaré fregándole las vomitonas»; ese hijo le daba muy mal trato).
Tras días feos ofreciendo a la universidad el legado Panero la llevé a la estación, se quitó los zapatos, sacó unas zapatillas del bolso, un libro en francés... y dijo lamentar no haberse fugado con Luis Cernuda. Sentí por ella una piedad infinita al despedirla en el andén.