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CORNADA DE LOBO GARCÍA TRAPIELLO
León

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Dicen que dice san Andrés: «El que tiene cara de algo lo es», latiguillo que vale para cualquier pinta o aspecto: tonto, lila, chulo, cabrón, gilín... y si además ese san Andrés es rabanero fino, la precisión de sus retratos es proverbial.

Digo esta tontería porque al conocer la última sonada dimisión en el ayuntamiento de San Andrés del Rabanedo se me vinieron al fondo de la cámara oscura los retratos de alcaldes o barandas que he venido conociendo ahí desde 1971 y que, puestos en retablo, hacen una perfecta maqueta de lo que ha sido España este casi medio siglo.

El primer alcalde sanandresino que traté —con Franco vivo, aunque ya flebítico— usaba bigotillo recortado y lucía su camisa falangista en todo acto oficial, tenía un negocio de maderas y un pícaro secretario que birlaba camiones de carbón municipal para su comunidad de vecinos, de la que naturalmente era presidente y tesorero (en el franquismo no había corrupción, me insiste un colega ciego y petardo)... y al cabo vino la democracia y el ficticio color azul del municipio se tornó rojo vivo llevando a la alcaldía a gente de aquella izquierda cazurra que juntaba obreros católicos, comisiones obreras, comunistas de anteayer o socialistas de hace un rato... gente como Roperín o Velasco, que si venían en el mismo paquete, acabaron como los polos, lo más lejos, el primero en su decencia y el segundo en el gran pesebre de la derecha local, toda una lección de conversión política, como la del zar rojo de Laciana después, ¿cómo se llamaba el tipo?... después pasó por ahí Robles (Carmona de concejal) y aquellos micrófonos en despachos, unto de constructores y vivalavirgen... hasta que empezó el reino de Miguel Martínez, al que le cabe aquello que me dijo un alcalde de Villaquilambre (ojo, que yo no soy socialista, yo soy «sociable»), pues Morano (al que imitaba) me lo aclaró un día: «estás muy equivocado, Miguel es un gran político y magnífico chaval» que era como decir «este entiende, es de los míos», el mejor aval para que la sospecha galope (el papel se acaba y el agudo lector sabrá completar el retablillo... o será otro día).

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