INTEGRACIÓN
La voz de las personas con discapacidad intelectual
«Mi vida ha dado un giro de 180 grados». Diego Abad sufrió bullying en el colegio, fue ninguneado por algunos compañeros en el trabajo y su día a día se había reducido a «paseos y diversión». «Fue una época terrible», afirma. Quería trabajar. Su vida empezó a dar un giro radical al entrar en Asprona. Del centro ocupacional pasó al enclave laboral. Ahora es la voz de todo el colectivo

Diego Abad es el representante de Asprona-León en la federación de entidades de personas con discapacidad intelectual Plena Inclusión Castilla y León. RAMIRO
Diego Abad tiene 34 años. Es uno de los miembros del grupo de autogestores de Asprona, personas con discapacidad intelectual que se reúnen cada dos semanas para hablar de lo que piensan y decir lo que quieren hacer con sus vidas.
Diego se incorporó hace tres años al grupo que se creó en el año 2000, hace ya más de 18 años, como uno de los cauces para fomentar la autonomía y la plena inclusión de las personas con diversidad funcional del colectivo de Asprona. Son parte de la ‘masa crítica’ que ha conseguido que se revierta el derecho al voto de muchas personas que lo habían perdido al ser incapacitadas.
La vida de Diego había pasado por episodios muy duros hasta que llegó a Asprona. Hace ya más de tres años llegó al centro ocupacional tras las pesquisas realizadas por su padre después de pasar por el Centro Base.
«En el colegio me hicieron bullying...». Enseguida cambia de tercio y recuerda que en el trabajo, al principio, las cosas iban bien. Fue contratado en los servicios de jardines de un municipio cercano a León. «Hubo una ocasión en la que me reprochaban mi manera de hacer el trabajo. Me discriminaban por cómo lo hacía. Me llamaban inútil... ‘No vales para nada’, me decían».
Fue una época «terrible»... Y ahora, sí, vuelve un poco más atrás y recuerda la etapa del colegio, con la ayuda de su padre: «Le tenían arrinconado en el patio. Le quitaban el bocadillo». «Amenazado de muerte estuve», concluye Diego.
En una ocasión salió solo del colegio y nadie se dio cuenta. En el mes de septiembre había jornada continua y en octubre empezaba la jornada partida y el comedor. Pero Diego no lo sabía y salió a la puerta del cole sin que nadie se percatara. Como no estaban sus padres a buscarle, se echó a andar rumbo a su casa en Villaquilambre. Le recogió un hombre con una furgoneta. Estaba agotado.
Aquel incidente supuso un cambio en la normativa de los centros públicos de enseñanza, apostilla el padre. Diego cambió de colegio y le fue bien. Terminó la ESO con un programa de diversificación curricular y después hizo un módulo de formación profesional de jardinería.
Ahora está en un «momento de serenidad», en palabras del padre. «Va contento a trabajar, tiene amigos y se toma su refresco...», añade. Ahora que las cosas único que le falta a Diego ahora es una de las personas que más quería. «Si me hubiera visto mi abuelo...», comenta Diego con una voz algo quebrada.
Diego es un chico metódico, con mucha memoria y una de esas personas que, si puede, evita un conflicto. En Asprona empezó en el área ocupacional, en los jardines. «Llegábamos al tendejón y empezábamos a trabajar hasta las 11, hora del descanso y del bocadillo. Luego volvíamos y a las dos y media parábamos para la comida. Eso de lunes a jueves. El viernes había película», relata Diego.
También llevaba la ropa de la residencia a la lavandería y de la lavandería a la residencia. «Por mi comportamiento y trabajo me mandaron a empaquetar las cajas de Navidad, hasta que se repartieron y después volví a jardines», añade.
Hasta que un día le llamó el jefe, Raúl, y le dijo que tenía que llevar un recado a Juan Pulgar, el director de Recursos Humanos. «Te van a dar una noticia...», le dijo el jefe. Entregó la bolsa y le mandaron sentarse para anunciarle que iba a empezar a trabajar en un enclave del centro especial de empleo en el Parque Tecnológico de León.
Se puso las calzas y el gorro, pues se trata de una empresa farmacéutica y empezó la cualificación. «Al principio estaba un poco nervioso. Me dan mucho reparo las cosas nuevas», explica. Empezó con los set de viales, del set pasó al lote y así hasta que en seis meses quedó listo para entrar en la cadena de producción, hace un año.
Ahora, «mi padre casi no me en casa», comenta. Los martes, cada quince días, acude a la sede de Asprona en la calle Ana Mogas para reunirse con el grupo de autogestores. «Nos juntamos para ver lo que nos preocupa y hacer propuestas», explica.
De ahí salió el año pasado un curso de cocina que realizaron con motivo de la capitalidad gastronómica y también el deseo general de que la entidad abra más pisos, aunque sean supervisados, para la vida independiente de las personas con discapacidad intelectual.

Reunión del grupo de autogestores en Asprona-León. DL
El grupo funciona desde el año 2000 y ha ido creciendo en cantidad y en contenidos. Es un espacio de participación en el que «los verdaderos protagonistas son las personas con discapacidad intelectual», explica su carta de presentación.
Han aprendido que la palabra autogestión «significa hablar a los demás o actuar en nombre de uno mismo solo o en grupo». Para conseguirlo han practicado habilidades sociales y de comunicación, han adquirido conocimientos de autoestima y de las emociones, así como sobre salud física, sexualidad y alimentación saludable. Debaten, opinan, conocen sus derechos y también sus obligaciones. Una de las últimas demandas que han planteado es tener información sobre conducta delictiva para evitarla.
Las mujeres han planteado temas como el temor al abuso en el cuerpo y psicológico, el bullying y otros temas específicos. «Venir aquí me ha cambiado. Llego a casa y se lo cuento a mi madre. Soy otra», dice una de las jóvenes. De vez en cuando se juntan para comer, hacen excursiones... La vida ha cambiado para la «gran familia de autogestores» y también para sus familias, que han mejorado su «bienestar emocional y han empezado a concienciarse sobre la autonomía y autodeterminación a la que también tienen derecho las personas con discapacidad intelectual. En noviembre el grupo tuvo que elegir a un representante para asesorar a Plena Inclusión Castilla y León. «Me lo propusieron y no dije que no», comenta Diego Abad. Ya ha ido varias veces a las reuniones a Valladolid. Ahora es la voz de Asprona-León.