El baile del ahorcado
Los restos del campo
Se acercaron los de pueblo a Madrid y fueron noticia, como las merinas cada año por la calle de Alcalá, un viaje en el tiempo que recuerda que Carlos III convirtió Madrid en cañada real. Poco más.
Será portada unos cuantos días, hasta el 28 de abril, por eso de que la ley D’Hont nos convierte en vitales para decidir cuál de las dos Españas gobernará. El poder se la juega en los restos del campo, en esos tres o cuatro diputados que nos han dejado después de hacer todo lo posible para que hagamos caso a la tozuda realidad y completemos el éxodo de unos surcos que la globalización ha convertido en ruina.
Cincuenta mil leoneses se han ido de la provincia en los últimos diez años. Si les sumamos los muertos, queda León. El desierto demográfico se extiende a las ciudades como una mancha de aceite en provincias cuyos recursos naturales han sido explotados en beneficio de la metrópoli.
Voten al partido que voten todo seguirá igual. ¿Cuántos años llevamos esperando por la autovía hacia Valladolid? ¿Cuánto más tendrá que esperar Soria para ver la autovía del Duero? Se repartirán las culpas, pero los responsables saben que lo son.
La operación para dejar a los pueblos sin móvil, sin médico, sin escuelas y sin carreteras es deliberada, y se explica en un asunto de eficiencia económica que los políticos analizan con sus calculadoras sin alma. Los algoritmos nos han sentenciado. ?
No hay remedio en un país cuyo talento huye, no lo hay en un lugar que sigue pensando en el empuje de la construcción para ganar tiempo a la miseria. En poco tiempo León volverá a ser un pueblón de bueyes y sotanas.
La Diputación financia un Museo de Semana Santa mientras tiene el medio rural al que se debe sumergido en la oscuridad digital. Mientras, el Ayuntamiento dedica su gestión cultural a rendir tributos a músicos menguantes. Y así.