El baile del ahorcado
Cenicienta y los feos
Mis padres nunca me contaron la Cenicienta, ni Blancanieves, ni la Bella Durmiente. Tuvo que llegar Disney para eso. Me regalaban libros que fueron creando un universo bello en el que ideas como el ingenio, la valentía, o la generosidad eran protagonistas. Uno de los primeros cuentos que me compró mi madre se titulaba El pincel mágico, una preciosa historia de Hisako Kimishima con ilustraciones de Tsutomu Murakami. Narra la vida de un huérfano llamado Ma Liang —cuántas veces pienso en Ma Liang cuando me pongo a escribir— cuyo único deseo es tener un pincel para poder pintar. Una noche, mientras dormía en su cabaña, la habitación comenzó a iluminarse con una luz deslumbrante hasta que se apareció ante él un ermitaño. El hombre de la túnica y la barba blanca le dice al niño:
—Para aquellos con voluntad, el camino está abierto.
Recítenlo más de una vez y no me digan que no es una maravilla.
Por supuesto, el ermitaño le concedió a Ma Liang su deseo, un pincel… mágico. Cualquier cosa que Ma Liang pintaba, se convertía en realidad. Así que, el pequeño huérfano empezó a ayudar a sus vecinos pobres. Les pintó juguetes, libros, flores, ganado, arados para los campos… hasta que el gobernador se enteró y le encarceló. Quería ¡cómo no! que le pintara un árbol cuyo fruto fueran monedas de oro.
Este libro es uno de los tesoros de mi infancia. Hoy se lo leo a mis hijos y se lo cuento a ustedes por la inmensa compasión que me ha producido escuchar a Jorge Buxadé, el candidato de Vox que llama feas a las feministas. He sentido lástima al pensar en la infancia del pobre Jorge. Hay padres que alumbran las noches infantiles con historias sobre el poder de la compasión, sobre el valor del talento y la voluntad, y otros, más ignorantes, que pintan caricaturas deformes sobre la belleza. Lo siento, de verdad, señor Buxade. Su infancia debió de ser tan breve y absurda como sus ideas. Es triste reconocerlo, pero hay cierta valentía al quedar en evidencia de esa manera.
Por cierto, al final del cuento, Ma Liang dibujó una tormenta en la que desaparecieron el gobernador y sus compinches.