Diario de León
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León

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La actual situación de bloqueo obliga a reflexionar sobre la situación, que sin ser en absoluto dramática, empieza a suscitar preocupación ya que las carencias institucionales están perturbando el normal desarrollo del país, que debe adaptarse a la evolución general de la coyuntura en momentos de vertiginosas transformaciones. Por poner un ejemplo a mano, es evidente que la descarbonización en curso, apremiada por el cambio climático, transformará radicalmente la industria automovilística y el transporte, lo que obligará a los gobiernos y a las distintas administraciones a acompañar esta mudanza con incentivos, normas, regulaciones, cautelas, etc., de forma que se eviten virajes bruscos, actuaciones traumáticas, etc. Y con un gobierno en funciones, es evidentemente muy difícil llevar a cabo esta labor.

La impotencia en que nos estamos moviendo ha sido indirectamente atribuida por algunos actores políticos a la propia Constitución, cuyo artículo 99 impondría requisitos excesivos a la investidura de un presidente del Gobierno. El PSOE ha propuesto la reforma de este artículo de manera que se modificase la exigencia actual para asemejarla al modelo vasco, entre otros, en el que en segunda votación sólo se puede votar sí o abstención, de forma que resulta investido el líder de la formación con más escaños.

En estas cuestiones estábamos cuando un profesor de Derecho Constitucional, Javier Tajadura, trajo a la plazuela pública la Constitución de Weimar de 1919, como ejemplo de una espléndida carta magna malograda por las circunstancias y, sobre todo, por la deriva de unos partidos democráticos y constitucionalistas, que dieron paso a unos «nuevos partidos» que lógicamente arrasaron la Constitución en 1933, año de la llegada de Hitler a la cancillería. Aquella Constitución, empeño personal del socialdemócrata Friedrich Ebert, presidente del Reich alemán, fue la primera Constitución democrática, moderna, «técnicamente solvente y políticamente avanzada. Sería absurdo buscar parangones entre aquella situación y la nuestra actual, pero lo cierto es que nuestros partidos tradicionales no supieron prevenir ni gestionar la crisis 2008-2014 y no están sabiendo dirigir la poscrisis, en tanto surgen nuevos partidos que, aun dejando al margen calificativos que puedan resultar inoportunos, parece claro que no mejoran cualitativamente a los anteriores.

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