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Publicado por
León

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nicolás miñambres

El comienzo de la obra es explícito: «Comencé a sentarme a meditar en silencio y quietud por mi cuenta y riesgo, sin que nadie me diera algunas nociones básicas o que me acompañara en el proceso». Y añade: «La simplicidad del método (…) me sedujeron desde el principio». Nos adentramos en un libro, sencillo, sincero, cristiano, en el que se nos ofrece la beatitud unida a la inteligencia. La obra se encarna en un proceso psicológico y espiritual de brillantes frutos estilísticos, siguiendo una bella gradación mística y expresiva. El final del capítulo segundo lo confirma. «Y ahora, cuando escribo este testimonio, estoy maravillado de cómo podía haber tanto fango donde ahora descubro una vida tan variada y exuberante». El libro se transforma en un contexto infinito: «En este espacio puedes perderte sin angustia. Das un paso y estás lejos, mil y sigues cerca. Es el jardín del estupor y de la maravilla»

Pero no todo es el fruto del milagro de la inspiración, sino de la admiración por un gran personaje: «El respeto que siento hacia quien considero mi maestro es máximo, y no solo por las luminosas palabras que siempre me ha brindado sino por su increíble sentido del humor». He ahí la finura intelectual de Elmar Salmann, su maestro.

Y hay algo esencial en el proceso: la meditación, situación humana de gran efectividad si se cumple con su ayuda: «En la práctica constante de la meditación se comprueba que si has roturado tu consciencia a conciencia y te has abonado bien, todo crecerá espléndidamente». Desde aquí se observa: «El principal fruto de la meditación es que nos hace magnánimos, es decir, nos ensancha el alma».

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Esta idea estará latente en la obra, mediante el uso frecuente de sencillas alegorías. Y no le importa confesar al autor: «Yo, naturalmente no sé bien qué es la vida, pero me he determinado a vivirla».