Cornada de lobo
Está hecho un madero
La gusana del Alzheimer no furaca el tarro del paisano que se mueve ni apolilla la memoria de la vieja que sonríe y tarasquea por la casa. Esto de la senilidad que se decía antes es más cosa de piso que de prao. En los pueblos no campa el Alzheimer como lo hace en la ciudad, donde el abuelete que no tiene nada que hacer llena su vida sin sentido con tele, paseíto y regodeo hospitalario en la bolera contándole al vecino de banco las transaminasas, una por una, y la analítica que le están haciendo para cuando le toreen la próstata en el quirófano, porque este es el único asunto rotundo que colma sus postrimerías. Ante este panorama, no pocos optan por desembarazarse del fardel de la memoria, que pesa mucho, y deciden no hacerse daño con sus propios recuerdos; olvidando, anestesian la neurona y comienzan a irse de esta vida dejando a los demás la obligación de gestionarla, que es una cuestión moral, pero también una pena enorme. Y reburdian, se transtornan. Pero el abuelo que quedó en el pueblo sabe que no tiene nadie que le gestione su propia vida y se levanta cada mañana con tal agenda de menesteres, acarreos y recados, que no le resta tiempo para pensar en otra cosa o sus fatalidades y, entonces, esa gusana del cerebro se aburre y no encuentra resquicio para sembrar su desbarajuste. Ahí tienes a Eduardo Fernandez Otero que el domingo fue homenajeado por sus vecinos omañeses de Senra al cumplir cien años. Entero de redaños y pispo como una garduña anda el paisano. Tiene la mente viva y los recuerdos encuadernados. Su lástima es no tener juventud para dar brincos por las peñas y echar un baile con meneo; por lo demás, cada mañana se levanta, aparca el sueño y la quejumbre, se enfunda el tabardillo y, pitipiti, se pasea el contorno atropando leña. Todos los días; salvo leñazo de clima o chuzos de punta. Ese pinrel que se mueve y ese aire comido a bocados son antibiótico para los males que rondan a los viejos. Y el tío está hecho, dice él, un madero; y todo su drama clínico es que se atragantó hace tres días con un hueso de codorniz. También ayuda a esta saludable estampa el hecho de que el ambulatorio más cercano a Senra está a muchos kilómetros y... «médicos que no ven, corazón que no se resiente».