«Cuando escribes dejas de ser una víctima»
l El escritor israelí publica la novela ‘La vida juega conmigo’

El escritor israelí y eterno candidato al Nobel David Grossman
miguel lorenci
Cuando escribes y llamas a las cosas por su nombre dejas de ser una víctima». Lo asegura David Grossman (Jerusalén, 1954), eterno y firme candidato al premio Nobel de Literatura, que publica en español La vida juega conmigo (Lumen). Tan lúcido como pesimista, cree que «no saldremos más fortalecidos de la pandemia» y que, «ahora que miramos a los ojos de la muerte, el populismo y el fundamentalismo serán más atractivos para la gente». Activo pacifista, lamenta también que «la paz entre Israel y Palestina todavía no esté cerca». Para el escritor israelí, resulta «casi imposible» la construcción de un Estado conjunto en la zona, y considera que el Holocausto aún marca los comportamientos de su país y su pueblo. «Necesitamos un tratado de paz. La ocupación lleva 53 años y nadie, en ningún bando, piensa poner fin a esto. No es posible que dos pueblos que han combatido, que se han odiado y demonizado, se constituyan en un Estado político: sólo podría ocurrir tras años de paz, pero la paz no está cerca», aseguró Grossman en la presentación virtual de una novela que había retrasado la pandemia. Un relato que gira en torno a una mujer que afronta el terrible dilema de traicionar a su hija o a su marido en la dictatorial Yugoslavia de Tito. Grossman, que pertenece a un comité para acabar con el conflicto palestino-israelí, cree, por contra, que los recientes tratados de paz firmados por Israel con Baréin y Sudán «son una buena noticia». «Soy muy crítico con el Gobierno israelí y la ocupación, pero Netanyahu hizo lo correcto. Es importante que Israel tenga aliados en la zona. Que Sudán, Emiratos o Marruecos conozcan cada vez más israelíes y tengan menos estereotipos», dijo el escritor, que en 2006 perdió a su hijo Uri, de veinte años, cuando el carro de combate en el que viajaba fue alcanzado por un misil de Hezbolá en el sur de Líbano. Reconoce Grossman «el enorme peso» que el Holocausto supone para los israelíes casi 80 años después. «Israel se fundó tres años después de la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto, la vida estaba inmersa en una tragedia que sigue hasta hoy», asegura. Una circunstancia «que sigue dictando nuestros comportamientos ideológicos y en la esfera pública, las conductas militares e incluso las cosas más íntimas de cada individuo», agrega.
Su reto literario es cómo recordar esa tragedia «sin que te aplaste una vez más y sin volver a ser víctimas de nuestro propio odio y afán de venganza». Se pregunta «muy a menudo» cómo hacerlo y sabe que «la respuesta está en el arte». «En las artes puedes identificarte con la gente asesinada; sentir que no estamos protegidos de las atrocidades y que podemos encontrarnos en una situación extrema en cualquier momento», dice Grossman.
Asegura que en todos sus libros trata de escribir «sobre la arbitrariedad de la dictadura y de poner a los personajes a salvo». En este caso lo hace mediante la historia de Eva Panic-Nahir, la mujer judía croata que inspira el personaje de Vera Bauer. Alguien que mantuvo su dignidad incluso en los campos de exterminio y ante un crudo dilema. «Atrapada en una situación terrible, acabó siendo más leal a su marido que a su hija. Le tocó vivir una época en la que los valores y los símbolos eran más importantes que las personas. Espero que los lectores sean benévolos y no la condenen», reclama el escritor. No en vano, sostiene que «la literatura debería ser como un tribunal al que se puede apelar en segunda instancia». La novela se pregunta qué pasa cuando el amor de pareja se impone al natural e imperativo amor maternal. Fue el caso de Eva Panic-Nahir, que eligió ser leal a su marido Milosh, muerto en un interrogatorio de los esbirros de Tito. Eva se negó a declarar que su esposo era un traidor, una firmeza que suponía de facto abandonar a su hija Nina. Y es que Eva fue enviada al campo de reeducación de la árida isla de Goli, en el Adriático, uno de los más oscuros e implacables gulags de Tito.