«Es tiempo de arrancar malas hierbas y llenar nuestras vidas de verde»
El sector floral se reinventa tras la pandemia para que las plantas sirvan de terapia tras un año de crisis sanitaria. La artesana Natalia Crespo ofrece un taller en Botines en el que participan una veintena de personas. La estrategia es involucrar a los más pequeños en una actividad que les conecte con la naturaleza y les desenganche de las redes sociales.

Natalia Crespo, en su floristería de León. RAMIRO
Pocas veces como durante la pandemia se han valorado tanto el medio ambiente, el aire libre y las plantas. El arte floral se reinventa para convertirse en una válvula de escape no sólo para los profesionales que necesitan dar un empujón al sector, sino para una sociedad que busca encontrar nuevos olores y colores que provoquen un cambio de ánimo. La elegida Mejor Artesana Florista (MAF) del año en 2016, Natalia Crespo, impartió ayer un taller floral en Botines al que asistieron una veintena de niños, niñas, padres y madres. «Las flores siempre han sido un buen argumento y grandes aliadas para recuperar el ánimo y la energía», asegura, «es la representación de la alegría en estos momentos en los que está más aparcada».
Ahora que el efecto de las vacunas vislumbra una luz al final del túnel, Crespo apuesta por «arrancar todas las malas hierbas y llenar nuestras casas de verde», un color que identifica con la esperanza de este nuevo tiempo que se abre paso tras más de un año de «soledad, miedo, estrés, depresión y obsesión» por un virus que irrumpió con tal fuerza que cercenó proyectos vitales y empresariales en proceso de cambio, como es el floral. «Este sector, como todos los autónomos, ha sufrido mucho, sin apenas ayudas, pero la pena es otra, la de más todas las personas fallecidas por este virus».
Tras un año oscuro, Crespo sólo ve la vida de color verde y se lanza a nuevos diseños florales con eucaliptos, pasifloras, lavandas... «no es el momento de llenar las casas de olores intensos, sino de verdes y de decoraciones florales frescas, que nos den vida».
Descendiente de una saga de floristas con más de cuarenta años de experiencia en León, su manera de entender el arte le llevó a dar un gran paso durante el confinamiento e innovó con una idea que se convirtió en un revulsivo para el sector. ‘A ciegas’ partió de su laboratorio de la calle Virgen Blanca, en el que pasó muchas horas durante el confinamiento. «No sabía qué hacer con toda la mercancía que tenía y que se podía estropear, así que decidí ser la resistencia. Mi madre es modista y me hizo mascarillas con mensajes positivos, los que me pedían las clientas, que enviaba junto con las flores que iban en una cúpula de cristal». La iniciativa tuvo tanto éxito que recibió casi cuatrocientos encargos de todos los puntos del país.
La decisión de reinventarse para los tiempos que lleguen después de la pandemia ha dado un giro a su profesión. Durante el confinamiento aprovechó para investigar, estudiar y formarse para impartir talleres. «Quiero llegar a los niños y niñas, que no estén sólo inmersos en las tecnologías, enseñarles la naturaleza, ayudarles a que aprendan a dejar fluir sus sentimientos y sus emociones, que toquen las plantas, que aprendan con los volúmenes, las formas y las texturas».
A los sanitarios les agradecería el esfuerzo «con orquídeas azules, que me gustan mucho», y reconoce que el mejor y más duradero ramo es el que está diseñado con plantas pensadas para una mayor durabilidad. «Las flores abiertas son para los cementerios», dice. Para las casas, poco olorosas. «Desde las floristerías tenemos que hacer pedagogía y enseñar a los clientes a cuidar las plantas, a que sean más sostenibles». Esa es la filosofía que aplica para el trabajo en la tienda. «Utilizo todo, reciclo. Si veo que hay una rosa que se va a estropear le doy un barniz y me sirve para otras decoraciones florales».