Paz Padilla, muy guerrera en la fiesta ofrecida por Loewe ante la culminación del año Gaudí se ha refugiado en el teatro ante la profusión de programas del corazón
Brindis geométrico
Si Antonio Gaudí levantara la cabeza -él, que terminó sus días atropellado por un
El ''Año Gaudí'', en el que se conmemora el 150 aniversario del nacimiento del genial arquitecto, pronto tocará a su fin. Por este motivo, la firma Loewe, que ha multiplicado la geometría gaudiana hasta el infinito -bolsos que reproducen el trencadís o las bóvedas de la Pedrera- y ha patrocinado la restauración de la caseta de entrada del Parque Güell, quiso conmemorarlo con una fiesta. El cóctel tuvo lugar el martes por la tarde en la tienda que la firma posee en la famosa manzana de la discordia del Paseo de Gracia barcelonés, un espectacular recinto situado en los bajos de un precioso edificio modernista que, sin embargo, no es obra de Gaudí, sino de Domènech i Montaner. Lorenzo Quinn fue el más puntual. Llegó acompañado de su mujer, Giovanna, envuelta en un maxi-abrigo con tremendas solapas de martas cibelinas. Para ellos el Año Gaudí no ha sido completo. «Empezó bien y acaba mejor, pero en medio hubo cosas raras», dice Lorenzo, que es escultor. La pareja tiene en común dos niños, un perro y un chalé a las afueras de Barcelona. «Estoy trabajando en un proyecto monumental para las islas Baleares. Este año no me han ofrecido nada relacionado con Gaudí», rumia Lorenzo, siempre concentrado en su trabajo. «Quizá me lo encarguen para el 200 aniversario. Entonces tendré 86 años». Y lo dice con el optimismo del que se propone durar en este mundo tanto y tan bien como su difunto padre Paz Padilla puso un toque disidente dentro del ortodoxo glamour reinante. Apareció con ganas de repartir leña. «Estos días -comentó-, me ha parecido oír que hay hasta cuarenta programas de televisión dedicados al cotilleo. Claro, por eso estoy yo en stand by. Y es que muy mal me tengo que ver para aceptar un trabajo en el que tenga que hablar de la vida de los demás, que no me interesa nada». A Paz le pone en pie de guerra la profusión de «famosos que salen por la tele dictando moral, cuando ellos tienen tanto que callar. ¿Esos, qué, no se queman?», inquirió la humorista gaditana. «A los artistas nos dicen que no salgamos mucho en la pequeña pantalla para no quemarnos, pero resulta que enciendes el televisor y siempre aparecen los mismos. Ahora parece que están eliminando algunos programas del corazón, como ese del anestesista que hipnotizaba a los famosos y que sólo ha durado una semana. Espero que sólo sea el principio». Ante semejante panorama, Padilla ha puesto en marcha su propia sublevación comunera y se ha refugiado en el teatro. Lo mismo que Mónica Pont. Dispuesta a romper definitivamente con su imagen de «mujer florero», la recién casada actriz y presentadora ha renunciado a lo comercial para entregarse en cuerpo y alma al teatro alternativo. Estos días ensaya ''La llamada de Lauren'', una obra de Paloma Pedrosa que retrata a una pareja en crisis. ¿Lo dirá por experiencia? También estuvo Verónica Blume. La estilizada modelo compensa la frivolidad de la pasarela con sus estudios de Naturopatía, que le llenan totalmente. Y como no hay mejor remedio natural que el de comer y beber, Verónica, Elsa Anka, David Meca y el resto de los invitados succionaron a placer Moët rosée con pajita, la bebida más fashion del momento más moderno.