Diario de León
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León

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josé enrique martínez

Cuando me dispongo a leer un poemario de Francisco Acuyo vienen a la pluma palabras como tradición y precisión clásica, pero también hondura de pensamiento y formidable capacidad de abstracción, requiriendo un lector inteligente y entregado o cómplice como lo llaman otros, que sin dejar de lado los primores de la forma –con el magisterio de Antonio Carvajal siempre a punto- se deje seducir también por un pensamiento complejo que reclama morosidad, afán indagatorio y relectura. Por vocación y gusto, Acuyo se aparta de las corrientes más usuales de la poesía actual y va creando su obra sin prisa y sin pausa. Otro aspecto deseo resaltar: su fidelidad a la amistad, patente en los poemas de este poemario que reseño, Las suites del último ilusionista, que van dedicados cada uno de ellos a amigos añorados acaso desde la reclusión, porque los poemas fueron elaborados a lo largo de los cuarenta días de confinamiento pandémico; de ahí los vocablos aproximadamente sinónimos que vamos encontrando: retiro, aislamiento, soledad, clausura, recogimiento… Fueron días de «reflexión y extrañamiento» aprovechados para la escritura de estas Suites, vocablo musical con el que ya García Lorca bautizó una serie de poemas breves y de ritmo ligero escritos entre 1920 y 1923. No olvida Acuyo el origen del término «suite», construyendo su obra con una «Entré», alusivo también a la entrada en el confinamiento, a la que siguieron cuarenta días de aislamiento (los cuarenta poemas de la Suite) y una «Reouissance» que expresa el regocijo del fin de la reclusión. Los poemas se van sucediendo con calificaciones como zarabanda, contradanza, minuetto, pasacalle, rondó, etc. La unidad formal de los poemas, con esquemas métricos cercanos al romance, se ajusta a la difícil facilidad con la que el poeta se eleva a la reflexión desde realidades sensibles, como una flor, un color, unos gorriones, la nieve a lo lejos, la lluvia o la visión estelar. Léanse, por ejemplo, estos versos sobre el silencio en la noche: «El silencio, sí, es la luz / que ciega por siempre el alma, / y que se escucha observando / en la música callada»; o los que parten de la contemplación del vuelo de los vencejos: «Vencejo, será tu vuelo / un término sin principio / donde el propio yo entendí / olvidándome a mí mismo»; o los siguientes versos sobre los espejos: «La belleza del espejo / es la razón advertida / de un reflejo que reniega / en su imagen de sí misma».

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