CINCO AÑOS DEL CORONAVIRUS
Doce miradas leonesas en primera línea del covid: los testimonios más desgarradores
Cuando todo cerró, una legión de personas permanecieron al frente de la sanidad y los servicios esenciales. Fueron momentos muy duros y experiencias personales que cinco años después no se pueden olvidar

Calles vacías, colegios sin niños, bares cerrados, comercios a media asta, controles en las calles, mayores aislados y servicios sanitarios colapsados.
Así se vivió el covid en León.

Elena Bollo, directora médica del Caule: «Parecía una ola que nos pasaba por encima, pero respondimos»
Fue la primera lección: «Las enfermedades nos pueden sorprender tanto como para parar el mundo y hay que estar preparados para las epidemias», subraya. Los primeros días fueron los peores, «en las guardias, cada vez ingresaba más gente. En Urgencias estaban desbordados, fueron unos días terribles, sobre todo cuando empezó a fallecer la gente».
Otra enseñanza de la crisis del covid es que «hemos aprendido a ser más flexibles y trabajar de otra manera». El hospital se quedó en silencio, vacío, se pararon las consultas y quirófanos, que en parte se convirtieron en UCI extendida. Se crearon los equipos covid con especialistas de todas las áreas médicas. «Parecía una ola que nos pasaba por encima», recuerda, pero resalta lo positivo: «La sociedad leonesa y el Hospital de León tuvo capacidad de reacción aprovechamos bien los recursos que teníamos y dimos buena respuesta».
El anonimato de los pacientes aún le impacta. «Estaban solos, salvo cuando veían al personal médico, de enfermería o celadores, todos estábamos con mascarilla y no podíamos atenderles con la personalización habitual».
Al principio no había fármacos para tratar el covid y empezaron con los corticoides. Hoy en día el covid ha mutado y no tiene la fuerza de entonces. Se usan antivirales. El desarrollo rápido de las vacunas Arn-M es la prueba probó la eficacia de la investigación.
Otra lección aprendida es que había que invertir en equipamiento, algo en lo que se refuerza el hospital leonés. Además, se mejoraron los dispositivos especializados con la creación de las UCRI (Unidad de Cuidados Respitarios Intermedios) que permite liberar más camas en la UCI. Y como culmen en el control epidemiológico, «este invierno hemos hecho PCR de rutina para tres virus». Se ha quedado, también, «la mejor parte de la telemedicina».
En lo personal, lo más duro fue no poder ver a su madre.

Fernando Moro, jefe de Sanidad de la UME: «La sectorización en las residencias evitó males mayores»
Las residencias de mayores fueron el foco de la principal acción de la UME. «Hicimos labores de desinfección en 3.800 centros de mayores de Castilla y León, Cantabria, Asturias y Galicia; más de 3.000 centros estratégicos y 1.700 de estructuras sanitarias», recuerda. El objetivo era «reducir la carga vírica». Otra misión fue formar al personal directivo de las residencias para hacer la sectorización de los pacientes y crear equipos polivalentes a fin de reducir al máximo las fuentes de contagio. «Fuimos conscientes de la gravedad de la situación por lo que pasaba en otros países», señala. La flexibilidad es uno de los valores que más destaca en la respuesta. El mayor sinsabor que recuerda es «la tristeza de ver que muchas veces no éramos capaces de ayudar porque hubo muchas muertes en las residencias», si bien prevalece la satisfacción de «ver que las medidas funcionaban. Evitamos que fuera aún peor». La gratitud de los equipos directivos en las residencias es uno de sus grandes recuerdos. En medio de la incertidumbre y el caos, aportaban calma y seguridad.
El aprendizaje ha quedado para el presente y para el futuro. Los protocolos han quedado tras la pandemia. La UME creó una unidad específica para riesgos biológicos y medioambientales (NBQ).
Fernando Moro forma parte de esa legión de profesionales que ‘vivieron’ el confinamiento desde el corazón de la pandemia. «La actividad diaria era tremenda y estuvimos poco con la familia».
En la segunda fase de la pandemia, la UME fue la avanzadilla de la participación de todo el Ejército en los equipos de rastreo. «Nos integramos con cuatro comunidades a la vez para identificar los contactos estrechos y formamos a otros militares que mantuvieron ese esfuerzo de los ejércitos», comenta.
Todo lo que sucedió y lo que hicieron durante la pandemia, apostilla, ha servido para «enfrentarnos a una pandemia» si se volviera a producir una situación similar. «Estamos más cercanos a adaptarnos a cualquier tipo de pandemia». Actualmente, sus esfuerzos están centrados en paliar los efectos de la dana en Valencia, donde aún siguen desplegados efectivos militares.

Mercedes Arias Giz, sola en casa: «Tenía miedo por mis hijos y por mis nietos, no por mí»
«Por mí no tenía miedo, yo ya había vivido bastante si me pasaba algo; temía por hijos y por mis nietos. Tenía miedo que les pasara algo», recuerda al señalar que en aquel entonces tenía 86 años.
Nacida en Cuba y casada con un descendiente de español, para ella no ha habido mayor pandemia que «la dictadura de Fidel Castro». El matrimonio salió del país en 1960 y sus hijos ya nacieron en España, en León. Desde entonces no ha vuelto a pisar la tierra en la que nació.
Mercedes, protegida por el confinamiento y la ausencia de contactos con el exterior, no tuvo el covid. Nada más que salió la vacuna y fue convocada a vacunarse, puso el brazo. «Y me las sigo poniendo, la del covid y la de la gripe», apostilla.
A los cinco años del covid, su vida ha cambiado. Hace dos años ingresó en la residencia Los Rosales de Carbajal de la Legua. Fue una decisión consensuada con la familia cuando vieron que ya no podía valerse por sí misma. Está contenta en el centro y disfruta de los acontecimientos extraordinarios como la fiesta del carnaval, en la que realizaron sus propios complementos-disfraz en los talleres de manualidades.

Rosa Mercedes Martínez, trabajadora de residencia: «Algunas familias se acercaban a la ventana para felicitar el cumpleaños a sus mayores»
Apenas llevaba unas semanas trabajando en el centro cuando la pandemia eclosionó. En la residencias, por indicaciones de la Consejería de Familia, se cerraron las visitas antes del confinamiento.
Las personas residentes pasaron de estar en el comedor juntas a comer solas en su habitación o por turnos. Las mascarillas, los guantes, los trajes... todo era precaución para intentar que el virus no llegase a las personas mayores.
A Rosa Mercedes no se le olvidan las caras de los residentes. «Se les veía más tristes». La falta de contacto físico y de visitas hizo mella en aquellos días. Tampoco podían celebrar los cumpleaños.
De la capacidad de resiliencia que la población desarrolló durante el covid guarda uno de los momentos más emotivos. «Alguna familia se acercaba a la ventana, cuando ya se podía salir algo, para felicitar a sus mayores».
A falta de ese contacto físico, se juntaban las manos a uno y otro lado del cristal, con precaución de no tocar mucho.
Las videollamadas fueron otro respiro para las personas mayores y para sus familias. Unos pasaron mucho miedo, otros pensaban que pasaría pronto. El ánimo de grupo —son 25 personas en plantilla y 50 residentes— fue crucial en aquellos días.
Los Rosales fue una de las residencias libres de covid durante las olas más agresivas de la pandemia.
De aquel tiempo han quedado rutinas y medidas en las residencias como son el lavado de manos, las mascarillas cuando tienen catarro y mucha prudencia.

Ana Mª Domínguez Berrot, jefa de la Uci en el Caule: «La cara de pánico de los pacientes cuando les íbamos a intubar en la UCI es el recuerdo más duro»
Un sobreesfuerzo y un sufrimiento que «se ha olvidado mucho», aunque en la parte positiva destaca que «nos hizo más fuertes psicológicamenteporque nos sentimos muy útiles a la sociedad». La sensación de haber arrimado el hombro es una fuente de satisfacción.
El recuerdo de cómo sufrieron y atendieron a aquellos pacientes sigue vivo en esta intensivista que ahora es la jefe del Servicio de Cuidados Intensivos y que aún espera que la obra de ampliación de la UCI sea una realidad.
Comprende que la gente ha olvidado, «hemos olvidado para bien porque olvidar el sufrimiento es una forma sana de sobrevivir y de seguir luchando y hay que quedarse con las cosas buenas; intentar no hundirte, aprovechar y tirar para adelante».
Ana María Domínguez conserva «muchísimos, muchísimos recuerdos, muchísimos y muy duros». Entre los que aún tiene grabados en su retina hay uno que se se repetió muchas veces: «Recuerdo cuando bajaban los pacientes muertos de miedo cuando les íbamos a intubar. Traían cara de pánico y las intubaciones se hacían a toda prisa». «Se salvaron muchos, pero estaban muchísimo tiempo en la UCI, de cuatro semanas a dos meses y medio», apunta. Otros fallecían en 24 horas. Fueron días agotadores, remando contra la incertidumbre.
Tampoco se olvida de «lo incómodo que era trabajar con los EPI», aunque eso ahora parezca algo banal.
El apoyo que tuvo en casa fue fundamental para esta profesional. «Me animaban pero mi hijo pequeño decidió que no sería médico. «Esto no hay quien lo aguante»», decía.
Ella se liberaba llorando cinco minutos antes de entrar a trabajar para empezar de cero. También se contagió. «Lo pasé en casa, pero mal», aunque tuvieron suerte porque «no se contagió nadie más en casa».

José López Moreira, usuario de una residencia: «Quise ser el primero en vacunarme; las puse todas y me pondría más»
Este berciano, natural del pequeño pueblo de Villar de Corrales, en Trabadelo, estaba en la residencia Buen Suceso de La Pola de Gordón. «Quise ser el primero y voluntario; las puse todas y me pondría más», asegura este hombre de 64 años —tenía 59 en 2020— que perdió la movilidad de la mitad de la mitad de su cuerpo a causa de un ictus. «Yo creo en las vacunas, creo que nos ayudaron. Me las vacuné todas y hace poco me puse la de la gripe y el covid», apostilla.
También recuerda que a algunas personas el pinchazo les produjo una reacción adversa. «Lo comprendo, hasta auxiliares tuvieron que ir al hospital», señala.
La pesadilla del covid veía luz al final del túnel nueve meses después del comienzo del confinamiento, una medida para frenar el virus que cambió la vida a todo el mundo. «Yo salgo, me gustaba salir y visitaba El Bierzo. Con el covid, el que se lo tomara a broma podía ir contagiando a mucha gente», comenta.
Para José, el covid supuso retrasar su traslado a la residencia Mirador del Cúa, en Cacabelos, donde le habían dado la plaza. Las restricciones le mantuvieron en La Pola hasta enero de 2022, «cuando se tranquilizó el covid», aclara. El covid le separó también de su hijo con discapacidad intelectual que reside en Asprona. «Siempre que iba al Bierzo le llevaba», apunta.
Luego se infectó y pasó 18 días infernales. «Me quedé quieto en la cama y pensé que era otro ictus. Lo pasé muy mal, me cogió muy mal». El café que una auxiliar le llevaba de parte de la hija del jefe es el mejor recuerdo. «Después se contagió ella», lamenta.
«Ojalá que no vuelva y, si vuelve, pues a volverse a vacunar», dice. Personalmente, confiesa que «le cogí miedo porque era una cosa muy contagiosa. De aquella cogía el ascensor y no tocaba con la mano, daba con cuidado con el cachavo que uso». José señala que, al vivir con personas mayores, «pensaba más en los demás que en mí».

Mari Luz López Pérez, celadora en el Hospital El Bierzo: «Me impresionó ver al equipo de León con los trajes del ébola cuando llegaron para trasladar al primer paciente»

José Pedro Fernández Vázquez, gerente de Atención Primaria del área de León durante la pandemia: «La organización de los tests masivos fue la base para la vacunación, un éxito como sociedad»

Carlos Montoro, jefe de servicio de Serfunle: «Hasta finales del año 2023 no terminamos de entregar las últimas cenizas de fallecidos en pandemia»

Hijas de Antonio Gutiérrez, médico de familia fallecido por covid: «Nuestro padre demostró su vocación, pero nada ha cambiado en Atención Primaria»
Cinco años después de su muerte, sus hijas sienten su muerte como su hubiera sido ayer. «La ausencia es dura, la herida nunca cierra. De haber estado protegido no estaríamos en esta situación. Fue un querido por sus pacientes, era un médico como los de antes, que escuchaba y cuidaba, un modelo que ya no existe».
Las hijas aún tienen una espina clavada pendiente de resolución. «La ausencia de la Junta a la hora de gestionar la carrera profesional de mi padre, que no se la han concedido por haber fallecido y por la que luchaba desde hace años. Tenía el cuarto grado preconcebido y en septiembre de 2020 sacaron una autoevaluación, pero él ya había muerto. Una falta de empatía por parte de las administraciones».

Ana Rivero, jefa de enfermería de Atención Primaria del Área de León: «Lo importante era proteger, cuidar y llegar a toda la provincia»
Todos los equipos de Atención Primaria se involucraron en las distintas fases de la pandemia. Tanto en León como en el Bierzo. Celadores, auxiliares de administración, fisioterapeutas, matronas... participaron en las labores de rastreo. «Se diseñó la atención telefónica. En los rastreos empezaron cinco personas y después se amplió». Era una situación sanitaria muy complicada «en la que hicimos lo que pudimos». Rivero cree que ahora la pandemia del covid «es un mal recuerdo. Los sanitarios sufrimos mucho y estamos en un momento de cambio. Hubo una fractura y está claro que el paradigma tiene que cambiar. Lo más importante fue la parte humana. Yo estuve tres meses sin poder ver a mi familia. Hablábamos diariamente a través de las pantallas de ordenador con los responsables de los centros de salud. Ahora el covid es una enfermedad más, con una incidencia soportable».

Javier Menéndez, presidente de la Asociación Leonesa de Comercio: «Fue dramático, el comercio esencial abrió y nos tuvimos que proteger con sacos de basura»
En la óptica de Menéndez había días con cuarenta pedidos apuntados en el cuadernillo. «No podíamos graduar la vista porque estaba prohibido por la proximidad con las personas, pero repusimos muchos cristales para las gafas, también de médicos».