Cuando el Nobel que sintetizó el ARN visitó León
Severo Ochoa, que habría cumplido 120 años este miércoles, dio una charla en la capital y visitó las Edades del Hombre en 1992 invitado por el Colegio de Médicos de León

Severo Ochoa, en 1992, con el presidente del Colegio de Médicos de León, Salustiano López-Contreras
Sin Severo Ochoa (y Marianne Grunberg-Manago, becaria en su laboratorio de Ochoa desde 1953) no habría vacuna del covid. El científico español que, con nacionalidad estadounidense, fue galardonado con el premio Nobel de Medicina en 1959, junto con Arthur Kohnberg, sintetizó in vitro el ácido ribonucléico (ARN) y posteriormente descifraría su código genético. Fue la profecía cumplida de su madre: «Severín es un sabio y llegará algún día a Premio Nobel», decía Carmen Albornoz.
El uso de moléculas de ARN para generar vacunas, no solo contra el covid-19, sino también en tratamientos para enfermedades degenerativas o el cáncer o el uso de proteínas recombinantes, como la insulina, «tiene que ver con su legado», al igual que «la secuenciación del genoma humano, el entender el cáncer a nivel molecular...», ha asegurado la científica y exdirectora del CNIO María Blasco.
Considerado una de las siete personas más influyentes del siglo XX, era tan serio para la ciencia como humilde y asequible en el trato personal. Severo Ochoa de Albornoz nació un 24 de septiembre de 1905 en Luarca. Ayer habría cumplido 120 años. Vivió 88 años, de los que 58 dedicó a la ciencia en cuerpo y alma, siempre apoyado en su esposa Carmen García Cobián, con quien se casó en 1931.

Severo Ochoa visitó la rotativa de Diario de León en 1992. En la foto, con Antonio Vázquez Fernández y Antonio Vázquez Cardeñosa, presidente y consejero delegado en aquella época.
En 1992 el científico visitó León. Fue un año y medio antes de su muerte, cuando ya no escribía pero daba conferencias. Salustiano López-Contreras, que era el presidente del Colegio de Médicos de León, le había conocido en Madrid. «Se me ocurrió preguntarle si podría venir a León a dar una charla y se brindó enseguida, solo me dijo que tenía que saberlo con tiempo», recuerda López-Contreras.
Traer a León a un personaje de la talla de Severo Ochoa requería algo más que el salón de actos del Colegio de Médicos y se organizó el evento en el Hostal de San Marcos. El precursor de la biología molecular visitó la exposición Las Edades del Hombre, que se exhibía en la Catedral de León. Máximo Gómez Rascón fue su guía. «La muerte de mi esposa ha sido una de las vivencias que más huella ha dejado en mi vida, ha influido notablemente en mí», afirmó a Diario de León.

Severo Ochoa y su esposa Carmen García Cobián en 1959.
De este breve paso por León queda su firma estampada en el Libro de Honor del Colegio de Médicos. En la Universidad de León, una aplicación ideada para reservar las aulas lleva el nombre de Severo Ochoa como recuerdo a este científico universal, aunque no llegó a pisar el campus y tampoco fue distinguido con alguno de sus títulos. Severo Ochoa conoció con gran interés las instalaciones de Diario de León. Pocas veces habrá visitado un premio Nobel una rotativa. El hombre que sintetizó el ARN disfrutó viendo la magia de la impresión del Diario de León del domingo 22 de marzo de 1992, junto al presidente y la dirección del periódico.
Un edificio en La Chantría lleva el nombre de Severo Ochoa, al igual que se han bautizado calles en Santa María del Páramo, La Bañeza y Camponaraya, pero no así en la capital leonesa. Ochoa, «además de un gran hombre de ciencia, fue un excelente escritor, sobrio, elegante y preciso», como apuntan los profesores Rúa y García, y estuvo en el cuadro de honor de los escritores de la Sociedad Española de Médicos Escritores.
Una de las últimas frases que escribió quedó estampada en el libro ''En el umbral del tercer milenio', de Santiago Grisolía: «La mente humana siempre busca el origen del Universo», afirmaba el científico como si cerrara el círculo que había empezado en su infancia, cuando la curiosidad le llevaba a diseccionar lagartijas en la villa Carmen de Luarca y a montar laboratorios caseros en Málaga, pues vivió a caballo entre estos lugares hasta que se traslada a Madrid a estudiar Medicina.
Entre sus aficiones estaban la fotografía y la equitación y disfrutaba con el arte y la música en particular: «La vida sin arte sería invivible; la música contribuye a hacerla más deseable», declaró a la periodista Ana Martínez en Diario de León.
Su ilusión era convertirse en discípulo de Santiago Ramón y Cajal, pero el primer Nobel español se había jubilado aquel año. Vivió en pensiones y en la Residencia de Estudiantes, donde coincidió con Federico García Lorca y Salvador Dalí. Severo Ochoa despuntó como investigador precoz. En tercero de carrera, junto con sus compañeros García Valdecasas y Pérez Cirera "fueron citados por (Juan) Negrín para trabajar en su laboratorio para la Ampliación de Estudios (JAE)», apuntan Francisco Javier Rúa Aller y Mª Rosario García Armesto. La creatina fue su primer tema de investigación. En el mismo laboratorio trabajó con Francisco Grande Cobián sobre la función de las glándulas suprarrenales en la contracción muscular. De profesor auxiliar (1931) y ayudante de universidad (1932), ascendió a jefe de la sección de Fisiología en el Instituto de Investigaciones Clínicas y Médicas, en la Ciudad Universitaria de Madrid (1935), de la mano de Jiménez Díaz.
Realizó su tesis doctoral sobre la glucólisis en el músculo cardiaco. Si hay que anotar algún fracaso, Ochoa no consiguió una cátedra en Santiago, aunque no era su sueño. En 1929, en un congreso en Boston, había conocido al investigador alemán Otto Meyerhof. En su laboratorio, primero en Berlín y luego en Londres, aprendió los métodos bioquímicos que llevarían a Ochoa «a convertir el estudio de las enzimas en el tema preferente de sus investigaciones». Desde Londres, durante la II Guerra Mundial, se trasladó a Estados Unidos y trabajó durante muchos años en Nueva York. En 1961 hizo la primera visita científica a España y desde entonces jugó un papel notable en apoyar la carrera de investigadores españoles. A muchos les abrió la puerta en Estados Unidos. Todos querían a Severo Ochoa. Hasta Marujita Díaz confesó que el científico fue el amor de su vida.