Vanesa de Prado, ganadera: «Para resistir la quimio me ponía retos»
Un cabezazo que recibió en el pecho de su hija pequeña, cuando la niña apenas veinte días de edad, fue la señal de alarma

Vanesa de Prado.
Un cabezazo que recibió en el pecho de su hija pequeña, cuando la niña apenas veinte días de edad, fue la señal de alarma. «Me hizo mucho daño, se lo comenté a la médica, le pareció un bulto extraño y me mandó hacer una mamografía», relata Vanesa de Prado de Prado.
El resultado de la biopsia fue un diagnostico de cáncer de mama. Entró en quirófano el 30 de diciembre de 2019. «Tuve suerte de que me pillaron a tiempo, me atendieron rápido y de que León tiene un equipo de diez». Han pasado seis años desde aquel «golpe» que dio un vuelco a su vida, aunque no lo parezca porque sigue al frente de su rebaño de merinas en Gordaliza del Pino.
Con frío, con sol o con lluvia, viento o nieve sale al campo cada día y al final de la primavera hace trasterminancias cortas entre Gordaliza del Pino, su pueblo natal, y Terradillos de los Templarios, Lagartos y Ledigos, en la vega de Saldaña.
Hace poco tiempo le dieron el alta definitiva. El momento feliz de la curación siempre empieza con el miedo a soltar el hilo de los sanitarios sostienen el proceso. «Me entró un poco de angustia. Sabes que van a seguir atendiéndote pero sientes un poco de miedo».
La «película» real de la que era la protagonista empezó a rebobinarse automáticamente en su cerebro. Con la claridad con la que se expresan los pastores lo suelta: «Pasamos momentos muy malos. Cuando te ponen la quimio y sientes el malestar y aquellos dolores, solo tienes ganas de morirte. Tu cuerpo no está preparado para sufrir todo eso». De la quimio pasó a la radio. «Parece que no es nada porque son veinte segundos, pero es una quemadura a lo bestia. Duele muchísimo». No es una queja, es una constatación de una vivencia que muchas personas con cáncer se callan porque se espera de ellas que sean heroínas sin fisuras.
A esta heroína no le gustaban los zumos, ni el agua después de la quimio, «me hice adicta a la Coca Cola», relata. Su estrategia de resistencia fue «ponerme retos». «Tu cabeza se pone en contra de tu cuerpo y tienes que pensar en otra cosa», señala. Su meta eran pasos cortos y concretos: «Necesito recuperarme porque quiero que mi hija aprenda natación y la otra aprenda a montar a caballo», recuerda.
Le pilló la pandemia por el medio y tuvo que separarse de sus hijas a menudo para no correr riesgos. «Al principio hacía videollamadas para verlas, pero la pequeña me llamaba y para que no pasara mal rato, las dejé de hacer». «Mis hijas solo han tenido madre y he tenido la gran suerte de contar con mi familia. Mi madre ha estado para todo», subraya. Después de año y medio, ya de alta, subió al puerto con las ovejas. «Tuve un resbalón y se me abrió la herida». No fue a más. La vida continuaba.
Tiene 45 años y sus hijas 14 y siete. Por el espejo retrovisor de la memoria ve lo «mucho que ha cambiado mi vida». Su afán ahora es «vivir el día a día con la familia, estar a gusto contigo misma y hacer lo que tiene que hacer todo el mundo: trabajar para llevar dinero a casa».