EL RETROVISOR
León: Burdel de los madrilanos

Tiovivo.
Es una expresión incómoda y debe serlo. Antes de la revolución cubana de 1959, lo del “burdel de los americanos” describía la relación que tenía Cuba con Estados Unidos. Era una relación de dependencia: la isla, pobre, había quedado como un centro de ocio y diversión donde los norteamericanos quemaban dólares en casinos y prostíbulos en las calientes noches del Caribe. Usar esta expresión para León nos exige salvar las lógicas distancias históricas y de violencia, pero su posición comienza a ser parecida dentro de España.
Cualquiera que pasee por la provincia de León se habrá dado cuenta de la creciente dedicación de espacios y servicios al ocio de los que vienen de lugares más dinámicos. Bajos comerciales que abandonan los tradicionales comercios para convertirse en pisos turísticos, pisos residenciales readaptados como airbnb´s, locales de toda la vida que cierran, pueblos que pierden servicios básicos, pero que ofrecen “experiencias” del gusto de los visitantes urbanos… La adaptación a un nuevo modelo territorial es evidente por todas partes. El noroeste: Galicia, Asturias y León quedan lo suficientemente lejos de los grandes centros económicos y de decisión como para convertirse en meros lugares de ocio de fin de semana. León como lugar de desconexión, no de proyecto. Es evidente que es una posición de dependencia, y su aceptación depende de una estetización del declive. Frente a lo que perdemos, se nos vende autenticidad. Este es el lugar de los paisajes salvajes, de las tapas gratis y de los reinos olvidados. Y a cambio de melancolía aceptamos nuestro papel en el nuevo orden. Un orgullo vacío, una cultura siempre a punto de dejar de ser herramienta crítica para convertirse en dopamina barata, en actividad constante que impide pensar en el conflicto. Una sociedad local a la que no le queda más horizonte que el esparcimiento y el hedonismo; salir de vinos, de copas, pasear por el parque temático en el que vive. O marcharse. La identidad local se reduce a marca: tranquila, auténtica, amable. Consumible. Pero la cultura no debería servir para decorar escaparates. Debería activarse como memoria incómoda, como recordatorio de que aquí existieron formas de gestión que implicaron activamente a todos. Como agentes y no como consumidores. Si no, esta tierra se convertirá en un burdel y sus habitantes los empleados a los que se les permitirá mirar por el ojo de las cerraduras.