Diario de León

Rafael Lazcano, leonés, exagustino y biógrafo del Papa León XIV

León XIV entre nosotros

Robert Prevost, León XIV, y Rafael Lazcano en Picos de Europa en 1982.

Robert Prevost, León XIV, y Rafael Lazcano en Picos de Europa en 1982.DL

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El Santo Padre llega a una tierra de hondas raíces espirituales y vocación universal; una nación plural que, entre incertidumbres y desafíos, continúa anhelando paz, unidad y esperanza. Su presencia no responde únicamente a la agenda de una visita apostólica, sino que trae consigo una palabra capaz de suscitar ilusión, renovar la confianza y abrir horizontes en una sociedad que con frecuencia oscila entre el desencanto y la búsqueda de sentido.

España acoge a un Papa que, desde el inicio de su pontificado, ha puesto el acento en la cercanía, la fraternidad y la centralidad de la persona. En un tiempo marcado por las fracturas culturales, las tensiones sociales y las guerras que ensombrecen el horizonte internacional, León XIV recuerda que la dignidad humana constituye el fundamento irrenunciable de toda convivencia auténtica. La paz no nace de la imposición ni de los equilibrios de poder; hunde sus raíces en el reconocimiento del otro como hermano y en la voluntad compartida de construir el bien común.

Tampoco pasa inadvertido el simbolismo de un Papa que, bajo el nombre de León, ya recorrió tierras leonesas —Picos de Europa, Cistierna, Valencia de Don Juan y la ciudad de León—, donde historia, fe y cultura entrelazan sus huellas desde hace siglos. En esos paisajes de memoria y espiritualidad resuena también el legado espiritual agustiniano, inspirador de su vocación religiosa y de su mirada sobre la Iglesia y el mundo. «En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad». Una brújula moral para una época necesitada de concordia, diálogo y encuentro.

Su voz alcanza a todos: niños, jóvenes y mayores; creyentes y alejados; españoles y migrantes. Y deja una invitación luminosa: «Alzad la mirada». Una exhortación que va más allá del optimismo circunstancial. Alzar la mirada hacia Dios, hacia los demás y hacia el futuro. Alzar la mirada por encima del ruido, de la indiferencia y del miedo. Alzar la mirada para descubrir que la vida posee una profundidad que ninguna prisa logra agotar y un sentido que ninguna dificultad consigue borrar.

En una cultura que a menudo ofrece éxito inmediato, pero pocas respuestas a las preguntas fundamentales, León XIV propone el encuentro con Cristo como fuente de alegría duradera y de esperanza verdadera. No una fe reducida a costumbre o tradición, sino una experiencia viva que transforma el corazón, fortalece la libertad y despierta el deseo de servir. La alegría del Evangelio, la cultura del encuentro y la fraternidad concreta aparecen así como caminos de humanización y plenitud.

Su visita también representa un estímulo para la renovación espiritual y eclesial. Una Iglesia menos preocupada por ocupar espacios y más comprometida con acompañar personas; más cercana a las heridas del mundo y más abierta al diálogo; más consciente de que su credibilidad brota del testimonio, de la caridad y de la coherencia de vida. Renovación que no mira únicamente hacia dentro, sino que se proyecta hacia toda la sociedad como una invitación a recuperar la confianza, la esperanza y el sentido de comunidad.

Más allá de credos o sensibilidades, la visita apostólica de León XIV a España señala un horizonte compartido: una sociedad articulada en torno a la dignidad inviolable de cada persona, abierta a la solidaridad y comprometida con la paz. En una época marcada por la fragmentación, el individualismo y la tentación de levantar nuevas fronteras entre unos y otros, su mensaje recupera una convicción esencial: toda vida humana posee un valor único y merece respeto, acogida y protección.

La dignidad de la persona no admite excepciones ni categorías. Abarca al niño y al anciano, al pobre y al poderoso, al nacido en esta tierra y al migrante que busca un futuro mejor. Desde esa convicción cobran fuerza la justicia social, la defensa de los más vulnerables, el cuidado de quienes sufren y la responsabilidad compartida ante los grandes desafíos de nuestro tiempo. Porque allí donde la persona ocupa el centro florecen también la justicia, la libertad y la fraternidad. Allí encuentran fundamento el diálogo frente a la confrontación, el encuentro frente a la indiferencia y la paz frente a la violencia.

Como escribió san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». También nuestro tiempo conoce esa inquietud. También nuestro tiempo busca razones para la esperanza. Por ello, la presencia de León XIV entre nosotros constituye una invitación providencial a recuperar la alegría, redescubrir el sentido de la vida y caminar juntos hacia un futuro más humano. Un futuro cimentado en la paz, fortalecido por la unidad y abierto a la esperanza.

León XIV, bienvenido a España.

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